Diario de León
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HAN PASADO treinta años. Aquel amanecer del día 6 de diciembre de 1978 moría Don Francisco, el anciano párroco de San Francisco de la Vega, en la ciudad de León. Toda una vida dedicada a una comunidad cristiana, creativa y vivaz, situada en un barrio industrial periférico.

Con todo, aquel día tuvimos que cumplir con el deber de acudir a las urnas para votar la nueva constitución española. Muerto Franco, el Cardenal Tarancón arzobispo de Madrid, en la misa con la que se inauguraba el reinado de Juan Carlos I, había asegurado al monarca la neutralidad de la Iglesia Católica. Ésta aceptaba con gusto el papel de ofrecer el anuncio de Jesucristo sin tratar de acaparar parcela alguna de poder.

Poco después, el mismo rey daría los pasos iniciales para establecer un régimen democrático. A la hora de votar la nueva constitución sabíamos que era la hora de imaginar un nuevo estilo de vida basado en la libertad y en el respeto de las personas.

Pues bien, el día 23 de noviembre de 2006, la Conferencia Episcopal Española publicaba la instrucción pastoral «Orientaciones morales ante la situación actual de España».

En ella afirman los obispos que «sobre el trasfondo espiritual de la reconciliación fue posible la Constitución de 1978, basada en el consenso de todas las fuerzas políticas, que ha propiciado treinta años de estabilidad y prosperidad, con las excepciones de las tensiones normales en una democracia moderna, poco experimentada, y de los obstinados ataques del terrorismo contra la vida y seguridad de los ciudadanos y contra el libre funcionamiento de las instituciones democráticas». Haciéndose eco de algunas voces bien conocidas, añaden los obispos que «cuando ahora se dice que la Iglesia católica es un peligro para la democracia, se olvida que la Iglesia y los católicos españoles colaboraron al establecimiento de la democracia y han respetado sus normas e instituciones lealmente en todo momento» (n. 6).

Más adelante anotan que aquel espíritu de reconciliación y consenso, reflejado en la Constitución no ha llevado a superar los viejos enfrentamientos entre catolicismo y laicismo, sino que en los últimos años vuelve a manifestarse «una desconfianza y un rechazo de la Iglesia y de la religión católica que se presenta como algo más radical y profundo que la vuelta al viejo anticlericalismo» (n. 16).

Ya casi al final del documento, recuerdan los obispos que la aconfesionalidad del Estado, sancionada por el artículo 16 de la Constitución y la laicidad de las instituciones civiles no deben oponerse sino «proteger y favorecer el ejercicio de la libertad religiosa, como parte primordial del bien común y de los derechos civiles de los ciudadanos» (n. 62-63).

La libertad y el respeto a las personas son garantía de democracia. Hay que aprender algunas buenas lecciones ahora que la Constitución cumple treinta años.

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