Diario de León

CORNADA DE LOBO | PEDRO GARCÍA TRAPIELLO

Majestad natural

Pedro García Trapiello

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DONDE mejor se ve el alma pequeñina de un cazador es peña arriba; y donde hay más peña pindia y farallón es en Picos de Europa. Ponte allí en el año 1902, estrenándose el siglo de las chispas y de los bombazos. Los lugareños cazan, pero trampeando por lo común; son más laceros y de cepo que de cartuchazo; les manda el hambre y pillar lo que creen suyo; desuellan la pieza en el monte y sólo bajan el pellejo, que es lo que venden. Las escopetas de cañón labrado llegan, sin embargo, de fuera, escopetas señoritingas con ricacho achusmando desde su alza. Unos llegan atropando desde la Cazurrandia de morral, otros atacan por la cara santanderina del indiano arrogante; y los más entran desde las Asturias grandonas o aristocráticas y disparan a todo lo que se mueve, buenos son. Se caza el oso (aún anteayer, en los sesenta, a Franco le pusieron uno de los últimos en Casasuertes, que es como decir Casadiós, fondo de saco), se tira al corzo, al rebeco, al urogallo, liebre alpina, venado, jabalíjabalá, zorro... pero el lobo se esguila incluso en obsesivas batidas con Chorco al fondo para alancearlo.

A todos -cántabros, asturcones y cazurros- les fascina sin duda el paraje, la agreste majestad de Picos, qué abismos, qué espesura de bosque, qué panorámicas en cada «aqueda», pero entonces (todavía ahora en muchos casos), ni santanderinos, ni leoneses, ni asturianos veían más allá de lo que enfila el cañón de su rifle, la cuerna conquistada, la pieza abatida y el orgullo ostentoso... menos uno, Pedro Pidal, marquesín de Villaviciosa, que frecuentó Picos entrando con escopeta y, al poco, se dejó poseer por el milagro natural y por perpetuarlo sin mancilla ni guerra escopetera, así que quiso subir a donde ni el rebeco lo logra (aquel Urriello que trepó con un Cainejo descalzo que tiraba de él), y lo logró, colgó su ansia polvorera y consiguió que el paraje se declarara parque nacional, el primero de España, para cazar más que nada con los ojos, que es el arma más eficaz e inocente para volver a casa con el morral lleno de trofeos y emociones.

Cien años después del sueño de Pidal, la cazurrez escopetera sigue sitiando este paraje. La caza es sagrada, vicio y negocio. Más de un tripón seguirá sin ver allí más grandiosidad natural que la que cabe en su mira telescópica.

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