Diario de León

LITURGIA DOMINICAL | JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Hacerse todo para todos

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JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
León

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HACE 15 DÍAS se celebraba especialmente el Año que estamos dedicando a san Pablo, el gran evangelizador de la primera Iglesia, el que vive tan profundamente el misterio de Cristo que no puede callarlo. El dedicarse a predicarlo es el propio premio por el convencimiento y persuasión de que esa actividad es la mejor a que puede dedicarse el hombre, a imitación del propio Señor. Es el servicio entregado a la continuación de lo que Jesús hizo en su vida. Y por ello no duda en asumir la tarea que sea necesaria; por eso puede decir que se hizo «todo por los demás». Y lo hace teniendo muy claras una serie de cosas importantes. Pablo afirma que se dedica al Evangelio no tanto por una elección deliberada, sino porque se le ha impuesto. No se trata de que los evangelizandos necesiten que Pablo, u otro cualquiera, vaya a contarles cosas, sino que Pablo tiene un impulso tan grande en su interior de hablar de Cristo que no puede callarse. Es algo que viene de dentro hacia afuera y no al revés. No lo hace por merecer un premio, sino por otro motivo. Es simplemente que uno no puede guardarse el tesoro para sí mismo, sino que debe ser comunicado gratuitamente a otros.

La misión de la Iglesia es la misma que la de Jesús y la de Pablo: evangelizar. Evangelizar es iluminar con la Palabra de Dios las preguntas del hombre, para que el hombre sea responsable. Evangelizar significa, también, asumir la responsabilidad humana con esperanza, hacerse todo para todos para ganar al menos a algunos, no para la Iglesia, sino para Cristo. Es hacerse débil con los más débiles, para que se manifieste la gracia de Dios en medio de la debilidad. Es interpelar a los satisfechos, desencantar a los encantados de la vida, poner en cuestión a los que no quieren problemas... Es acabar con el amparo de los ídolos que someten a los hombres y les engañan con falsas promesas. Es llevar a todas partes la locura de la cruz, es decir, de la fe a pesar de todo y después de todo, de la esperanza contra toda esperanza, del amor a los enemigos. Nadie puede evangelizar por gusto o por negocio. Y la Iglesia ha de evangelizar, como Pablo, de balde y porque no le queda otro remedio: «¡Ay de mí si no evangelizare!». Sólo una predicación gratuita del Evangelio y con pocas satisfacciones humanas puede ser creíble para los hombres, sobre todo en un mundo en el que se vende hasta la palabra y por eso se dice lo que conviene al consumidor.

Mientras estamos en este mundo, la salvación de Dios, que en el evangelio de este domingo vemos que interviene milagrosamente en la salud de la suegra de Pedro, actúa ordinariamente sólo en el corazón de las personas: Dios quiere liberar del mal a los hombres con y a través nosotros.

Es necesario ayudar a tomar conciencia y responsabilidad del mal y sufrimiento de nuestro mundo: enfermedades, vejez, sufrimiento moral, deficiencias físicas y psíquicas, paro, hambre, ignorancia... En favor de tanta gente, quizás muy cerca de nosotros, postrada por el sufrimiento, que, como la suegra de Pedro, espera que le demos la mano. ¿Qué haremos? ¿Acercarnos al estilo de Jesús o pensar que también nosotros tenemos problemas y que cada uno debe «sacarse las castañas del fuego»?

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