LITURGIA DOMINICAL | JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
El Señor sigue sanando y salvando
OTRA VEZ MÁS escucharemos este domingo un conocido relato evangélico que nos habla de la curación de un paralítico. Jesús se acerca a las miserias humanas, las comparte y las sana. Comienza recogiendo la misma situación con que finalizaba el texto del domingo pasado: un Jesús que busca ocultarse de la gente, pero que no lo logra; un Jesús que se dirige a las gentes y les habla del reino de Dios. En esto aparecen unos hombres llevando consigo en andas a un pobre paralítico, tratan de acercarse a Jesús. Al encontrar la puerta cerrada por la multitud que se agolpa ante ella, estos hombres suben a la terraza, por la escalera exterior, y abren un boquete para descolgar la camilla y posarla ante los pies de Jesús. El Maestro valora la fe de estos hombres y del enfermo, a quien le dice que le son perdonados sus pecados. Seguramente, el enfermo tiene un cierto sentido de culpabilidad, al pensar que Dios le ha castigado por sus pecados. Jesús le tranquiliza, le dice que Dios Padre no es Aquel «que premia a los buenos y castiga a los malos», sino, ante todo, un Padre misericordioso, que se acerca a los humanos y comprende sus debilidades, que se hace solidario en su Hijo y por eso le puede hablar de misericordia y perdón.
Aunque las palabras de Jesús podían entenderse como la declaración de que Dios mismo perdona los pecados, los escribas, que no pierden palabra ni detalle, entienden que Jesús se arroga una competencia que, según las Escrituras, pertenece exclusivamente a Dios. Sólo Dios puede perdonar los pecados, piensan estos escribas, y acusan en su interior de blasfemo a Jesús. Jesús se da cuenta de lo que piensan en sus adentros y murmuran entre sí. Y se dispone a dar una señal no sólo para mostrar que Dios perdona los pecados, sino también que él, su Hijo amado, tiene poder para perdonar pecados sobre la tierra. El perdón de los pecados no es un hecho constatable por la experiencia objetiva, y así es más fácil decir «tus pecados te son perdonados», pues eso no se puede comprobar, que decir «levántate y anda». Pero ambas palabras son igualmente difíciles de pronunciar con verdad y autoridad.
Los escribas debían haber admitido que el que es capaz de decir a un paralítico que se levante y conseguirlo efectivamente, es capaz también de perdonar los pecados, aunque este hecho no pudieran comprobarlo en sí mismo. Jesús no se contenta con perdonar los pecados, sino que, para que veamos que el perdón es real, cura también las enfermedades del cuerpo. Así Jesús muestra que ha venido a salvar integralmente al hombre, en alma y cuerpo.
Como el domingo pasado, estamos ante esa unidad de palabra y acción, de teoría y práctica, de decir y hacer. Jesús es maestro de esa unidad. Y sus discípulos también lo han de ser. Tenemos un mensaje de salvación que hay que anunciar, pero que también hay que realizar, aunque sea con gestos simbólicos. El Reino no sólo debe ser anunciado, sino construido. La Buena Noticia no sólo tiene que ser dicha, sino mostrada. El Evangelio no sólo tiene que ser leído en la palabra, sino en la vida de la comunidad y en el compromiso con la construcción un mundo mejor. Buen programa para una Cuaresma ya muy cercana.