Diario de una aventura
En el faro del fin del mundo
Después de abandonar el increíble Puerto Toro, zarpamos rumbo al sur, a la Antártida, por uno de los mares más peligrosos del mundo; muy pronto pudimos comprobarlo...
Dejamos la última crónica camino de la casa más antigua de Puerto Toro, este lugar increíble y remoto. Llamamos a la puerta y sale un chico más bien gordito, muy abrigado y con un pañuelo muy grueso con el que se tapa hasta el borde de los ojos.
Ya nos pareció siniestra la casa, así como el jardín, donde tenía dos visones muertos, sin cabeza, y unos perros que ladraban sin parar escurriéndoseles las babas, con una pinta de querernos hincar los dientes...
Le pregunto el nombre y me dice que se llama Alejandro, me cuenta que tiene 17 años y también que ahora vive solo. Le pregunto por sus padres y me responde uno de los niños que sigue a nuestra comitiva desde que llegamos al pueblo:
-”Sus padres están muertos, pero no se puede hablar de ello.
Hablamos de los visones a los que les falta la cabeza y me dice que él ha puesto trampas a esos «bichos del diablo» que llegaron con un barco y que hay que matarlos.
Todo en él es extraño. Le hago otra pregunta
-”¿Dónde está tu familia?
-”Sólo tengo abuelos pero ahora ellos tampoco están, y ya sabes que mis padres han muerto.
-”¿Estás solo?
-”Sí.
-”¿Necesitas algo...?
-”¿Tienes algo para echarle al pan?
Es lo único que acierta a decirme. Al principio no lo comprendía, pero lo que quería era comer algo diferente, pues el único recurso con que cuenta es pan. Dice que espera a barcos que le traigan algunos víveres. Le digo que me acompañe a nuestro velero y le damos varias cosas para comer, aunque lo que más quiere es mantequilla.
Supongo que tanta soledad y aislamiento condiciona el comportamiento de los humanos.
Zarpamos rumbo al Cabo de Hornos. Este es el punto más al sur del Planeta hasta la Antártida. El problema será fondear para llegar al faro. Roger hace varias maniobras, hasta que conseguimos bajar el bote de goma. Vamos Any, Emilio y yo, además de Roger, que tiene que controlar el barco.
Subimos por unas escaleras y alcanzamos el faro del fin del mundo, como aquí le llaman. Y no es para menos: está en un lugar hostil y remoto, al que es difícil tan siquiera bajarse de un barco.
En este faro vive un militar con su familia, y en esta ocasión había algunos miembros más del ejército chileno en una campaña para quitar unas doscientas minas anti persona que están en los alrededores del faro, que se pusieron cuando los problemas políticos entre argentinos y chilenos eran más graves. Nos reciben muy amablemente y conversamos sobre la vida solitaria del farero.
Necesitaría mucho tiempo y espacio para contaros todas las historias impresionantes que estas gente cuentan. Viven en un lugar considerado como el de mayor número de naufragios de la historia. El pasado mes sufrieron vientos de doscientos kilómetros por hora y les daba la sensación que la casa saldría volando con el faro incluido. Su mujer estaba realmente asustada, y no digamos la hijita pequeña, a la que dan clase los padres. Hay un monumento que es un albatros de metal gigante que representa a todas las víctimas que se ha cobrado este mar.
Pronto zarpamos, rumbo al sur que equivale a dirigirte a uno de los peores mares del mundo. El Cabo de Hornos nos avisa de su furia y después el Paso de Drake, lo peor de lo peor. Pero nos espera la Antártida.
El mar sacude nuestro pequeño velero. Hay ruidos por todas partes, el casco se retuerce, los golpes de mar nos impactan tan fuerte que desplazan al barco completamente del rumbo.
Apenas podemos disfrutar de las espléndidas vistas del Cabo de Hornos, no hay quien se sujete y tenemos que meternos en la litera para no salir lastimados.
Es una jodida locura este barco, parece que no lleva ningún rumbo, se mueve para todas partes como una coctelera.
Pronto empiezan los vómitos, pero apenas hemos comido nada. Nos espera una navegación muy dura, como jamás me hubiera imaginado.
Amigos no os perdáis las siguientes crónicas. Os contaré experiencias increíbles.