LITURGIA DOMINICAL | JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
¿Qué vida queremos?
OTRO GRAN tema de la Cuaresma de este año es el misterio Pascual de Cristo. El sacrificio de Isaac prefigura el de Cristo. Monte Moria y Monte Calvario. Y en el fondo, la Alianza y la Salvación que Dios ofrece. San Pablo presenta a este Cristo, muerto y resucitado, como signo del amor de Dios, a la vez que de la obediencia de los hombres. La perspectiva justa para entender la escena de la Transfiguración es también ésta: la mirada hacia la muerte salvadora del Siervo. Jesús con Moisés y Elías, hablando de lo que «va a suceder en Jerusalén». La gloria entrevista es una garantía para la difícil fe de los discípulos, que va a ser sometida (como tantas veces la nuestra) a un aprieto impensable: la muerte trágica del que creen Salvador y Liberador. Los apóstoles no entienden: es un aspecto que Marcos resalta. Como la fe de Abrahán lucha contra todas las apariencias humanas, los discípulos no saben de qué habla Jesús. Y sin embargo éste es el estilo de la salvación que Dios ofrece: en el escándalo de la cruz está la liberación verdadera. Los apóstoles prefieren una gloria fácil, a base de éxitos. Cristo presenta la liberación a través de la entrega total de su vida como el Siervo, en medio de la paradoja trágica y el fracaso de la cruz.
El camino pascual -el programa cuaresmal- es serio. Pasa por la dificultad y la tentación, el cansancio y la duda. La fe es proyecto y camino. Y a veces, escándalo. La Cuaresma y la Pascua nos convocan a un seguimiento de un Cristo difícil: no acaramelado y «útil», sino luchador, entregado a la muerte, porque ha tomado en serio la solidaridad con los demás y la fidelidad al Padre.
Pedro, Santiago y Juan, cuando bajaron del Tabor, sin duda estaban abatidos. Y no era para menos. Después de haber visto al Maestro lleno de gloria, de esplendor y de luz, tienen que volver a afrontar el drama de lo cotidiano, de lo vulgar. Ellos ven a Jesús que desciende la montaña, solitario. Tal vez cansado. Es el mismo de siempre y -como hace últimamente- empieza a hablarles de humillación y de muerte. Para colmo, les prohíbe contar, a los demás, la experiencia única que acaban de vivir. Pedro, Santiago y Juan están tristes, caminan rezagados. Qué difícil, bajar de las alturas. Bajar de las certezas, de las seguridades. El que ha estado en la montaña, el que ha admirado panoramas espléndidos, no pude soportar la oscuridad del valle. No puede conciliarse con el tráfico, con el asfalto, con el rumor de la vida ordinaria. El corazón se le estrecha y acongoja. ¡Pero qué mal se está aquí, Dios mío, en medio de la vida, respirando vulgaridad y mentira!, parecemos decir. Y buscamos en nuestro corazón fotografías de la altura, bellas instantáneas que han quedado allí fijas para siempre. Y vivimos arriba, más que en el asfalto. Y, curiosamente, sólo en el que vive de verdad en la tierra es el único que puede regresar de forma auténtica a las alturas. Hacer lo imposible para que el Tabor baje al valle, para que hunda en el valle sus raíces. Sin apagar nunca, eso sí, el recuerdo de aquella luz de arriba, reconfortante y segura. Convencidos de que la vida cristiana no es comodidad, sino tensión; no es seguridad, sino riesgo; no es evasión, sino cruz. Pero una cruz florecida y fecundada por Cristo.