El paisanaje
El Ere-Rip de Manolo y Benito
Hace un año por estas fechas que Zapatero volvió a ganar las elecciones y al pais no lo reconoce ya ni la madre que lo parió, como ya avisara Alfonso Guerra cuando él mismo llegó de vicepresidente a La Moncloa. La profecía se ha cumplido, aunque con dos décadas y pico de retraso. Preguntada el otro día sobre tan fausta efemérides, la nueva vicepresidenta del Gobierno, señora De la Vega, que también repite, manifestó que éste ha sido un año «razonablemente bueno», palabras textuales dichas, eso sí, con la boca pequeña, lo que en ella tiene mucho mérito. A saber lo que entiende por «razonable» y «bueno», tal como anda la economía. Por la misma regla de tres podrían aplicársele a Mari Tere los calificativos de «esbelta» o de «estar en los huesos», igual que a su colega Solbes y el paro, que están ambos gordos cual jamones.
De un año para acá se han puesto de moda los eufemismos para disimular la realidad, como el fondo de armario de la señora Fernández. No hace falta mucha memoria histórica para recordar que en el 2008 el Gobierno le llamaba desaceleración a la crisis, palabra que entonces estaba prohibida a los patriotas, aterrizaje suave al pinchazo de la burbuja inmobiliaria, pleno empleo a tener sólo dos millones de parados (ahora vamos ya por el doble de pleno empleo) y «calentamiento global del planeta» a que los de Armunia tuvieran que abrir las ventanas en agosto y tirar de botijo para no deshidratarse con la boina calada. Este dominio del lenguaje no lo mejoraría ni cierto poeta de por aquí, muy laureado ultimamente, que yo me sé y cuyo nombre no se pone porque adivino ya en su cara divina un rictus en vez de una sonrisa despectiva. Él tiene mecenas muy poderosos, pero servidor no, y no nos parecemos ni en las gafas.
También auguraba Zapatero, ya con la maldita palabra «crisis» despenalizada en el discurso de lo políticamente correcto, que la recuperación iba a llegar justo ahora con el comienzo de la primavera a finales de marzo. Le creyeron hasta las cigüeñas, que han vuelto todas en masa para comprobar la cruda realidad de que ni siquiera a ellas les queda el recurso de la plaga de los topillos. Decía después Solbes que la cosa mejoraría tal vez para Navidad y que de tres millones de parados nada. Luego tuvo que subir a tres y medio, ayer que tal vez a cuatro y que ya escampará. No tiene pinta el cielo, porque ya la UE y el servicio de estudios de la Fundación de Cajas de Ahorros (Funca) pronostican cuatro millones y medio para el verano y cinco después de Reyes. Esto es porcentualmente el doble que el resto de Europa, donde también andan jodidillos, aunque menos que aquí, y «razonablemente acojonados», con perdón dce nuestra flaca vicepresidenta, cuyo vestuario nada tiene que ver con el de la forzuda teutona Merkel, que sabe y tiene con qué echarle un pulso a la depresión. A veces las comparaciones son odiosas.
El Gobierno ha pasado un año divagando -”y los cuatro anteriores-” entre cortinas de humo y maniobras de despiste sobre el Estatut catalán para clonar a todos los demás, la dichosa memoria histórica, como si los de León no nos acordáramos de que nuestro paisano presidente jamás dio un palo al agua en la empresa privada ni en la otra, cuando quiera hacemos un careo, la educación para la ciudadanía, el aborto libre, los bautizos civiles y remando al mar.
Cualquier cosa, en fin, menos abordar y abortar la crisis, en cuyo titánico naufragio las únicas medidas han sido «los bancos y las cajas primero». Y las bombillas de bajo coste que un día se le ocurrieron al ministro de Industria, señor Sebastián, cuando después de desabrocharse la corbata se le encendió una luz en el cerebro. Sería por lo del riego sanguíneo. Lástima que antes se le cruzaran los cables cuando quería venderles, barato paisa, Endesa a los catalanes.
Uno ha vivido ya lo suficiente para entender algo de crisis: la flebitis de Franco, con los ricos escondiendo lingotes de oro comprados al por mayor en las joyerías como ahora los billetes de quinientos euros por si las moscas; la de UCD, que fue el sálvese quién pueda y, si no, que se lo pregunten a Martín Villa; aquella otra de Roldán y Juan Guerra; el 23-F o el 11-M, todas las del petróleo, que van unas cuantas, y así todo seguido muchos años.
Pero nada que ver con la de ahora. Volviendo a Manolo y Benito, los dos simpáticos chapuceros de la serie televisiva, me enteré el otro día que se habían autopresentado un «ere» y que no podían retejarme las casa, si no era pagando por adelantado, como ellos los materiales a la tejera y ésta al banco. Así está mi patio y el de tantos otros compañeros.
El Gobierno no sé, pero los demás no tenemos crédito.