Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Alegría y esperanza son las dos grandes palabras que resuenan en la liturgia de este domingo, palabras que expresan actitudes que están muy por encima del optimismo del que todo le sonríe en la vida. El profeta Baruc, en un tiempo difícil para el pueblo de Israel, invita a mirar más allá de lo que nos dicen los sentidos, una invitación que vale hoy para cada uno de nosotros. Como la Jerusalén a quien se dirigía el profeta, los creyentes tenemos que saber mirar siempre hacia oriente y discernir las maravillas de Dios. Porque es en Dios donde se enraíza y se alimenta nuestra alegría: en aquel que tiene como propias la justicia y la misericordia.

Pero a Dios no le basta Jerusalén. A Dios no le basta mostrar su presencia en Israel, en su liberación de quienes lo oprimen. La acción victoriosa de Dios en Israel era señal de algo más grande, porque la salvación de Dios no podía quedar encerrada en un solo pueblo, sino que debía llegar a toda la humanidad. Este es el mensaje que hemos escuchado en el evangelio: Juan, aquel profeta sorprendente que bautiza en el Jordán, es el hombre llamado a dar a conocer la llegada de aquel que traerá la liberación de Dios para todos. Todas las barreras que oprimen a los hombres, que impide ser libre, que rompe la justicia y el amor..., todo eso Dios quiere que sea destruido para siempre. Y Juan anuncia a los que le escuchan -nos anuncia a nosotros- que esta esperanza ya ha llegado a su término. Por eso repite las palabras proféticas: ahora, « todos verán la salvación de Dios ».

En este tiempo de Adviento celebramos la venida de Jesús. Celebramos que lo que Israel vivió se está cumpliendo ya definitivamente y para todos los hombres. Celebramos que también nosotros estamos en el camino de la salvación de Dios, de la vida del Padre.

Pero al tiempo que celebramos el don de vida que se nos ofrece, es necesario que también respondamos a ese don. Por eso Juan nos recuerda que debemos convertirnos. O lo que es lo mismo, preparar en cada momento caminos al Señor para que venga a esta humanidad. Por lo tanto, este tiempo de Adviento no es un tiempo de pasivo quietismo para « ver si llega la salvación de Dios ». La Palabra de Dios ya ha llegado, ya está en medio de nosotros; se encarnó de una vez y para siempre. A nosotros nos toca hacerla creíble, palpable y, sobre todo, digna de atención por lo que tiene de fermento de esperanza y de vida auténticas.

Hay que vivir el Adviento en una gozosa espera del Señor, sin permitir que la mente se embote con el entusiasmo de las fiestas navideñas o con la pena por no tener dinero para gastar y comprar. Es Dios el que viene, a él hay que celebrarlo y glorificarlo, no a las cosas ni a los regalos; es la fiesta de la familia cristiana que debe escuchar su voz para celebrar gozosa su venida y vivir las fiestas navideñas en un auténtico espíritu evangélico. La llegada de Dios se comunica con alegría, pero nos exige enderezar lo torcido; en este tiempo pidamos al Espíritu Santo que armonice nuestra existencia adecuándola a la voz del Señor para que podamos, como familia cristiana, decir a una sola voz: ¡ Ven, Señor Jesús !.

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