El paisanaje | antonio núñez
A mí la Legión
Como no teníamos problemas en casa ahora los buscamos fuera. Con casi cinco millones de parados, muchos de ellos llamando a las puertas de Cáritas, a una oenegé de nombre Barcelona Acció Solidaria sólo se le ocurre montar una caravana de alimentos a Mauritania. Se desconoce el número de toneladas y el tipo de comida que podían albergar las camionetas, aunque teniendo en cuenta las costumbres gastronónicas de la zona no debía de ser butifarra ni cava, estrictamente prohibidos en el Corán. Respecto a la logística y el coste kilo/gasolina los de Seur lo hubieran hecho más barato. Pero, en fin, se trataba de una aventura altruista para gente de clase media, hay quien dice que votante de CiU -”dos constructores y varios profesionales, tres docenas más o menos-” todos con buenos empleos y títulos universitarios.
Quede dicho de entrada que es una mala noticia que tres de ellos hayan sido secuestrados por terroristas de Al Qaeda y deban gozar forzosamente por un tiempo de la proverbial hospitalidad de aquellos andurriales islámicos, donde vaya usted a saber qué fue lo que se les perdió. A ver cómo lo resuelven Moratinos, veterano experto de la diplomacia europea en asuntos árabes, y su jefe Zapatero, el de la Alianza de Civilizaciones sin aliados donde más falta hace. Hay quien augura que el asunto se arreglará fácilmente con dinero, aunque tarde, algún comunicado de reivindicación platónica de Al Andallus y tal y cual de Afganistán. Es posible. Y también que los rehenes catalanes se reivindiquen tan españoles hasta el pago del rescate como los pescadores vascos del «Alakrana». Que se lo pregunte Montilla al Tribunal Constitucional y así salimos todos de dudas.
El otro charco en el que andamos metidos con la chilaba hasta las cejas es la huelga de hambre en Lanzarote de la saharaui Aminatu Haidar -”¿Bueno, y qué?-” que quiere volver a su pueblo con un pasaporte que ponga «lugar de nacimiento, el Sáhara». La cuestión es que el desierto es tan grande o más que León, pero a lo bestia, y le puede pasar lo que a uno de mi pueblo que en Pekín pedía un billete de vuelta después de ver la muralla china. «Pá dónde», inquirió el aduanero. «España», contestó muy digno el otro. «¿Pero qué sitio?». «Para León». «¿León capital?». «Bueno, no: La Bañeza». «¿Es usted de allí mismo?». «No exactamente», confesó el paisano, «le vengo a ser de Regueras». «Ya», se hartó el chino retirándole el pasaporte, «¿Pero de Arriba o de Abajo?». El mongol se hubiera vuelto loco al saber lo compartimentado que está administrativamente el Sáhara entre Marruecos, Argelia, Mauritania, Mali y antes España, todo ello con fronteras artificiales hechas a base de tiralíneas colonial.
En medio de un clamor mediático que mosquea y sirve para no hablar de la crisis aquí sólo se sabe que Haidar, aparte de razón, tiene experiencia sobrada como «activista», profesión que no viene en el Inem, con un historial por lo menos tan abultado como el del leonés Ramiro Pinto desde que quiso secar él solo el pantano de Riaño. Haidar también trae en jaque a los gobiernos de Marruecos y España, cuya diplomacia quiere dirigir ella solita. O no, porque rápidamente se le han sumado IU, los de Esquerra, la tribu de actores Barden, los antisistema, etcétera. Faltan los verdes saharianos, las feministas del islam laico y los antidisturbios.
Los que hicimos la mili por aquellos secarrales allá cuando la «Marcha Verde» o al lado mismo, en Canarias, opinamos sobre seguro, le digo a usted, mi sargento: allí sólo estaban censados cuatrocientos mil moros, la mitad de cabras en un cuarto de millón de kilómetros cuadrados y los fosfatos de Bu-Craa, que nunca llegaron a dar leche.
En cuanto a amistades, el coronel Gómez de Salazar, que arrió la bandera, tenía un asistente del Polisario muy enteradillo, que, sin él saberlo, costó más de una vida entre los soldaditos españoles. Se impone la asignatura de Eduación para Geoestrategia de la Ciudadanía.