Cornada de lobo | pedro trapiello
El calvario
Las aulas de mi vieja escuela nacional las presidía un crucifijo que ahora anda en polémica. Lo flanqueaban las fotos de Franco y José Antonio como si fueran los dos ladrones. Supongo que así nos advertían del calvario que allí nos esperaba, pues lo mismo que había maestros con arte pedagógica que contagiaron ganas por saber, los hubo ceporrillos con correaje mental que te arrodillaban, te azotaban o te crucificaban directamente en el encerado.
La foto de Franco te miraba. Nos fisgaba con su soberbia estampa arreada con ropajes de alto generalato... y el día 1 de octubre estaba decretada la fiesta de su santo, el Día del Caudillo, la repanocha oficial que iba desde los ejercicios de redacción hasta las cabezadas de glorificación en el Gobierno Civil, qué procesión, qué día... no era fiesta laboral, pero la mitad escurría el bulto poniéndose la camisa nueva y alzando el brazo.
La foto de José Antonio no te miraba, perdía la vista en algún amanecer que no amanecía o en las sapabardas; era como la foto plana de un idealista picudo que comparecía en camisa sin corbata como galán de cine rancio anunciando calva con sus prominentes entradas y con el pelo repeinado como si le hubiera lamido una vaca. Sin embargo, era la mirada de Franco la que imponía y acojonaba. Nos parecía un tipo grandón, pero al final supimos que era rechonchete y le ponían un taburete para asomarse al balcón de la plaza de Oriente. Conclusión: lo más inocente de aquel calvario era el Cristo que, además, no miraba a nadie y agachaba la cabeza.
Ahora que se plantea suprimir simbologías religiosas en las aulas se rearman las escopetas de feria montándose casetas en la cofradía o en la sierra y tronando las dos Españas con tambores de fray Gerundio, así que Sócrates Valdueza cree tener una solución que a nadie contente a todos valga: sigan los crucifijos en las aulas, pero póngase a su lado las fotos del presidente del Gobierno y del jefe de la oposición; y que digan las urnas colegiales quién es el ladrón bueno y quién el bocazas que maldice.
Añade Sócrates que cuando retiraron las Vírgenes de las aulas no se montó este pollo. Era una mujer.