¿Tu perro se parece a ti (y tu gato no)?, pues hay una explicación
No es un misterio, pero lo parece. Y tampoco es casualidad o coincidencia, aunque lo parezca. Tu perro se parece a ti. Y si no la hecho aún, lo hará. Tu gato en cambio no. Ni quiere. Y no lo hará nunca. Hay una explicación

No es una coincidencia. Ni tampoco una casualidad. Los perros acaban pareciéndose a sus dueños y los gatos no. Y hay una explicación para eso.
Entre los dueños hay una selección inconsciente de su perro. Eso explicaría por qué hay una preferencia de unas razas sobre otras a la hora de elegir un pequeño animal para convivir con él en casa. Es el primer descarte. La segunda razón es la convivencia cercana durante muchos años y la alta capacidad de empatía que tienen los perros . Y la ‘tercera domesticación’ de los perros ha hecho el resto.
Es el resultado de una larga historia en común. Humanos y perros conviven desde hace 30.000 años. Es el primer animal domesticado. Evidencias arqueológicas y genéticas sitúan el inicio de esta relación en el Paleolítico, donde los lobos más sociables se acercaron a los campamentos humanos, evolucionando juntos. Un interés mutuo. Ayuda para cazar a cambio de comida asegurada. Una alianza consolidada. Una unión que facilitó al principio la supervivencia y que ha evolucionado desde la caza a la compañía.
Y luego está el amor. Viene de antiguo. Se han encontrado restos de perros enterrados junto a humanos en el sitio de Bonn-Oberkassel, en Alemania, que datan de hace 15.000 años. Las Tumbas de Oberkassel es el primer yacimiento arqueológico en el que se encontró el enterramiento doble más antiguo de humanos y un perro. Una tumba que indica una estrecha relación afectiva desde el Paleolítico

Desde lo psicológico a lo social. A los dueños les gustan los perros que se asemejan a ellos, en carácter, en gustos, en afinidades. Los han seleccionado genéticamente para aprovechar mejor sus cualidades en su beneficio. Luego ha llegado el parecido físico. Porque la influencia del dueño sobre el perro es determinante, y más si la convivencia se produce desde que es un cachorro. Algo que ya no está en discusión. El dueño es el guía. Como animal de manada, el perro confía en sus reacciones para decidir cómo actuar, se fija en él, lo imita. Un proceso de aprendizaje por el que los perros y no otras mascotas reflejan actitudes de quienes las crían.
Es una alineación emocional que se traduce en el comportamiento. Los perros observan las reacciones de sus dueños para decidir su propia respuesta. El perro estrecha cada vez más el vínculo con su dueño. Se comporta como él y, de manera inconsciente, se quiere parecer a su líder. Y lo hace. Termina compartiendo rasgos físicos.
La ‘tercera domesticación’ de los perros han afinado aún más los parecidos. Los estudios demuestran que esta nueva etapa no es sólo un comportamiento, es también un cambio biológico. Los perros no sólo se adaptan a los cambios en el estilo de vida humano -una vida más sedentaria, urbanita, en apartamentos más pequeños- sino que estarían evolucionando para ser aún más sensibles a la oxitocina, la hormona del amor que fortalece el vínculo. Como el de una madre con su hijo. Eso les permitiría tener lazos afectivos más profundos con sus dueños y entender mejor y ser más receptivos a las emociones humanas.
La mayor cooperación entre especies que ha existido jamás se ha convertido en una unión leal en la que biología y afecto se han aliado. Por los siglos de los siglos.
¿Y los gatos?
Su naturaleza independiente y la historia de su evolución marcan su relación con su dueño. Su instinto como cazadores solitarios y la menor manipulación genética par parte de los hombres le han permitido mantener su autonomía y sus rasgos propios. A diferencia de los perros, que han sido seleccionados para trabajar en equipo con los humanos y dependen emocionalmente de sus dueños, los gatos no consideran a los hombres como una manada y no buscan en ellos protección. Se han mantenido más cerca de su vida salvaje que de la domesticación de los perros.
Los gatos no necesitan a sus dueños para sentirse seguros en un territorio desconocido o nuevo y se comportan de manera autónoma. Como no viven en manada, no han desarrollado la capacidad de interpretar los gestos de sus dueños o la señales sociales humanas. No lo necesitan. Y aunque sí tienen vínculos profundos con su dueños, su parecido no es ni físico ni emocional, es simplemente de conducta. Una adaptación a vivir en una casa humana.