«Me gustan los pobres»
Sor Pilar quería ser enfermera, pero hizo magisterio y dedica su vida a los necesitados.

Sor Pilar Terceño, en el centro de día de Calor y Café, donde es voluntaria para ayudar a los más necesitados.
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Desde pequeña estuvo al lado de los pobres. Sus padres, labradores de Quintanilla del Puente, en Palencia, abrían las puertas de su casa a las personas que llegaban pidiendo. «El hambre entonces era diferente a los que es ahora», recuerda. «El pobre antes pedía porque tenía hambre, ahora no es lo mismo porque los pobres tienen otras necesidades de salud relacionadas con los problemas que tienen con el tabaco, las drogas y el alcohol, tres antecedentes que arrastran que tienen consecuencias fatales para su salud».
Sor Pilar Terceño es Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl. Tras 50 años de vocación, ahora a los 80 años de edad, dedica su tiempo a los más necesitados en Cáritas y Calor y Café. «Nada más verlos se lo que necesitan. Me gusta observarlos para ver con qué cara entran. Me gustan mucho los pobres», asegura. «En casa de mis padres siempre tenían un sitio en la mesa».
Y aprendió lo que vio. Su inclinación siempre estuvo al lado de los más necesitados. «En el pueblo me iba con las Hermanitas de los Pobres, pero a mí no me gustaba porque eran muy pedigüeñas», recuerda. Ella era muy aplicada en Catequesis «y el cura siempre me daba un premio, una estampita, por eso mis padres me indujeron a estudiar con las monjas».
Su vocación frustrada de Enfermera no le impidió cuidar la salud de los más necesitados, pero aunque no dejó de lado las necesidades del cuerpo, se centró en la curación de las almas. «Con las monjas aprendí obediencia y ellas me indicaron que tenía que estudiar magisterio». Toda su vida la ha dedicado a los que menos tienen. «Siempre con los pobres». Estuvo ocho años de misionera en Venezuela, en la zona rural «recorríamos al día 200 kilómetros entre ríos y montañas». Recuerda que sus años en Cumaná «fueron los mejores de mi vida, a pesar de la pobreza. La gente lo compartía todo, teníamos la puerta abierta de nuestra casa y nunca faltó nada».
Pero Sor Pilar recuerda que los últimos meses de estancia en Venezuela «Dios me llamaba, pero yo me hacía la sorda. El Señor me decía que tenía que volver, aunque yo no quería oírlo». La razón era su hermana, gravemente enferma y con una hija pequeña. «Tuve que volver a cuidar a mi hermana. Pedí permiso y volví. Pero siempre tengo a los pobres como objetivo y con la misma ilusión que antes con lo que me permiten las fuerzas».
Ahora, a sus 80 años, es coordinadora de formación, animación y familia vicenciana. Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl, son una sociedad de vida apostólica femenina dedicada a la atención de las personas enfermas pobres. Renuevan sus votos todos los años.
Entre las actividades desarrolladas por Sor Pilar está la visita a los ancianos pero los años de experiencia le llevan a una conclusión: «He visto a chicos jóvenes muy buenos y lanzados en la vida, pero también he tratado a otros que no los mueve ni las ruedas de un tren».