viernes 21/1/22

EL MINISTERIO Y LA COCINA

Entre viejos recetarios, restaurantes desaparecidos e historias de viejas cocineras de vez en cuando asoma también el presente, sobre todo cuando tiene jugoso salseo y cierto trasfondo histórico o, al menos, sustancia suficiente como para que buceemos en sus orígenes
                      sebastiao moreira
sebastiao moreira

En 1970 la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes convocó el primer Concurso de Menús Nacionales con la intención de que la capacidad de ahorro y gestión de algunas mujeres españolas sirviera de ejemplo para el resto. Se trataba de demostrar cómo con muy poco se podía conseguir mucho: las participantes presentaban un menú semanal completo dividido en desayunos, comidas y cenas que se valoraba según su variedad, calidad nutricional, sabor y precio. El éxito de este primer certamen de menús fue tal que rápidamente se celebraron muchos otros a nivel provincial y local siguiendo las directrices que sobre dietética daba entonces la Dirección general de Sanidad. Obviamente la nutrición no tenía entonces las bases científicas que la rigen hoy en día

Por activa o por pasiva habrá llegado hasta ustedes el runrún de cierto libro de cocina presentado, editado y asumimos que financiado por el Ministerio de Consumo. Comida rápida, barata y saludable ha resultado ser una recopilación de recetas para jóvenes cosmopolitas, modernos de espíritu y emancipados recientes con ínfulas culinarias pero poca experiencia con las cazuelas. A pesar de que el ministro Garzón escriba en el prólogo que «nuestro país goza de una de las mejores tradiciones gastronómicas del mundo», este librito no sólo está trufado de anglicismos como healthy, veggie o cool, sino que se basa principalmente en versiones de platos extranjeros: hummus, sushi, ramen, guacamole, miniburgers, poke, pizza. Obviamente en este mundo cada vez más globalizado no podemos pretender aislarnos de la influencia que las tendencias internacionales ejercen sobre nuestros gustos ni de las fusiones resultantes, pero no parecería tan disparatado esperar que con dinero público se promocione la dieta mediterránea en vez de la intercontinental. O que se defiendan los alimentos marca España en lugar de promover el consumo de quinua, kale, mozzarella o ras el hanout, sobre todo cuando el libro se idea con un objetivo tan loable e importante como el de «combatir el sobrepeso y la desigualdad». Ministro Garzón dixit.

El 56% de los españoles pesa más de lo que debería y el 22% sufre directamente de obesidad. Es un grave problema de salud pública que efectivamente debe preocupar al Ministerio de Consumo, pero también al de Sanidad o al de Agricultura, Pesca y Alimentación, carteras que se reparten las competencias sobre alimentación, seguridad alimentaria o educación nutricional. La respuesta de las administraciones tendría que ser algo más que unas cuantas recetas ligeras, modernitas y poco asequibles. Usando el recetario ministerial como referencia y asumiendo que les encanten las lentejas con cúrcuma o el hummus de remolacha con crudités, una familia de cuatro miembros gastaría sólo en comidas y cenas unos 480 euros al mes, y eso teniendo en cuenta que el libro calcula los precios tan por lo bajo que dan ganas de preguntar a sus autorasdónde hacen la compra. Facilitar a los ciudadanos recetas baratas, sanas y rápidas ha sido una preocupación constante durante lo último siglo. En 1909 la iniciativa privada se adelantó a la pública con una simpática apuesta editorial titulada ‘100 modos de preparar un plato en pocos minutos’.

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