jueves 21/10/21

TRIBUNA | Monterrey

Vivió bastante tiempo en realidad, más de doscientos años hasta 1767, cuando Carlos III expulsó de sus reinos a los jesuitas. Fueron sustituidos por franciscanos, pero finalmente el colegio se cerró. Tras el abandono, vino el derrumbe y el saqueo de materiales para construcciones en Verín. Sobre el solar del olvido se alzó en 1967 un edificio hotelero.

El término se asocia a tres importantes y notorias realidades, tan distintas como pueden serlo una ciudad, un condado y un palacio. En cuanto a este, se trata del Palacio de Monterrey en Salamanca, un monumento extraordinario, obra de Gil de Hontañón, que por sí solo se bastaría para certificar la importancia de la ciudad en 1539, cuando D. Alonso de Acebedo y Zúñiga, tercer conde de Monterrey, lo construyó. Desde 1688, año en que la octava condesa se casó con el décimo duque de Alba, pertenece a la Casa de Alba. La ciudad es Monterrey, está al noreste de Méjico y fue fundada en 1596 por Diego de Montemayor, que le dio el nombre en honor del virrey Gaspar de Acebedo, quinto conde de Monterrey, nieto de D. Alonso. Y el condado de Monterrey, entendido el término en el sentido anglosajón, que es entidad administrativa, equivalente a departamento o provincia, está en California.

El nombre se debe a Sebastián Vizcaíno, que se lo puso igualmente en honor del supraescrito D. Gaspar.Los tres: palacio, ciudad, condado remiten al mismo origen en el mismo punto: Monterrey, provincia de Orense, junto a Verín. Ese es pues el término donde se localiza el condado, ya en el sentido español, de su nombre. Y es que Monterrey se denomina la colina, al lado de Verín, coronada por una gran torre, un palacio y una iglesia. Un poco más abajo en una vaguada está el parador nacional de Verín.


En 1474 Enrique IV concedió a Sancho Sánchez de Ulloa el título de conde de Monterrey y es así el primero de una larga serie que llega hasta ahora mismo, aunque integrado, como decía, en la Casa de Alba. En 1555 D. Alonso de Acebedo, que residía en Valladolid y tenía amistad con Francisco de Borja, aquel que había renunciado a su ducado de Gandía para hacerse jesuita, decidió fundar un colegio en su señorío para encomendárselo a los jesuitas. Estos tenían ya varios colegios en España, donde impartían una enseñanza basada en el humanismo grecolatino, pero todos ellos estaban en ciudades, de modo que este sería el primero enclavado en el ámbito no urbano, sino rural, de esta parte del noroeste de España. El detalle debe ser resaltado por lo que suponía para el desarrollo y promoción de la educación en una zona alejada de los grandes focos, que eran Salamanca y más cerca Santiago. Y tampoco hay que olvidar que todo el norte de Portugal caía bajo el radio de su influencia, de modo que muchos portugueses ricos llevaron a sus hijos al colegio para que recibieran una formación humanística en la que los jesuitas fueron pioneros y especialistas. Hay asimismo, dicho sea al paso, quien defiende la hipótesis de que un Cervantes de origen sanabrés fuera alumno de este centro. La cultura en letras clásicas de un hombre del que se desconoce todo hasta sus 20 años en que aparece por Madrid quedaría así explicada y justificada. 

El colegio se fundó en 1555. Tuvo dos sedes antes de la tercera y definitiva, que se alzó en la vaguada bajo la torre y el palacio, donde ahora está el parador nacional. Fue, al decir del primer rector, «la cosa más nueva en esta tierra». En la primavera del 56, cuando aún vivía San Ignacio, llegaron los primeros jesuitas. Venían con la fama de impartir una enseñanza de contenidos y métodos, como decía, muy modernos. En 1575 Dª. Inés, la viuda del cuarto conde, fundó, añadiéndola al colegio, la escuela infantil, fundamento más necesario, según ella misma decía, para las otras artes: Gramática, Filosofía y Teología. Los maestros de la escuela se llamaban «ludimagistri», literal­ mente maestros del juego, lo que parece anunciar una pedagogía no menos asombrosa y moderna. Hay que destacar en este aspecto los consejos dados por el mismo San Ignacio para que los jesuitas huyeran de cualquier imagen de dureza, prohibiendo absolutamente poner la mano encima de los escolares. Dispuso asimismo la prohibición de acariciarlos para evitar, como dice una carta suya en italiano, toda tentación de «dishonestità; tan solo se les podía dar la mano «alla tedesca», es decir, alargándola al modo germano. 

El número de escolares no cesó de aumentar tras los primeros 50 que llegaron el primer curso: en 1561 eran 400. Es de destacar asimismo la influencia que el colegio tuvo en la formación del clero de la zona. A menudo los curas y capellanes eran allí convocados, en línea con las indicaciones de Trento, que por entonces y desde el año 1545, desarrollaba sus sesiones con gran presencia de teólogos españoles y que pedía una mayor formación espiritual y humana de los sacerdotes. Uno de los participantes fue el obispo de Orense Francisco Blanco, gran amigo de los jesuitas, que había llegado a la diócesis al tiempo de la fundación del colegio y tuvo la idea de aprovechar la estancia de los jesuitas en la colina para la formación de su clero. O collado, como él mismo dijo un día en un arranque de entusiasmo poético y piadoso, autor de esta expresión meliflua de rara belleza: «la gala del dulce Jesús vivirá por los valles y el collado de Monterrey».


Vivió bastante tiempo en realidad, más de doscientos años hasta 1767, cuando Carlos III expulsó de sus reinos a los jesuitas. Fueron sustituidos por franciscanos, pero finalmente el colegio se cerró. Tras el abandono, vino el derrumbe y el saqueo de materiales para construcciones en Verín. Sobre el solar del olvido se alzó en 1967 un edificio hotelero.

TRIBUNA | Monterrey
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