martes. 16.08.2022
Hay un poema de César Vallejo que me sigue estremeciendo cada vez que lo leo. Se titula «Los mineros salieron de la mina», y está incluido en los poemas póstumos de este grandísimo poeta hispanoamericano. «Craneados de labor/y calzados de cuero de vizcacha,/calzados de senderos infinitos,/y los ojos de físico llorar,/creadores de la profundidad,/saben, a cielo intermitente de escalera,/bajar mirando para arriba,/saben subir mirando para abajo... ¡Salud, oh creadores de la profundidad...!». Os recomiendo que os acerquéis a este poeta si no lo conocíais, o volváis a él si ya sabías de su existencia. Descubriréis en su poesía una manera personal, desnuda y directa de hablar, un mundo cercano, familiar y extraño a la vez, porque su mundo no está hecho con la lógica brutal y absurda de este mundo, sino con el sentimiento de quien ama la belleza por encima de cualquier ley. Es el suyo un olor de tiempo abonado de versos. «¡Mucha felicidad para los suyos!/¡Son algo portentoso, los mineros/remontando sus ruinas venideras,/y abriendo con sus voces/el socavón, en forma de síntoma profundo!». Vayan estos versos por Javier Otero -paisano de Villar de las Traviesas- y Antonio González, que dejaron su vida en la puta mina. La primera vez que oí un poema de Vallejo fue en el programa Rosa de Sanatorio de Radio 3. Hace años. Aquel poema era Espergesia , que pertenece a Los heraldos negros . Y me quedé impresionado. Entonces uno estudiaba en las noches vetustenses, cuando los cuélebres duermen su soledad existencial en mitad de la nada, y los trasgos, en forma de inspiración sensual, se colaban de rondón en la morada de nuestras aspiraciones a poeta maldito. Cuántas ilusiones intactas de jovencito rebelde. Cuántas noches en vela, en busca tal vez de un tiempo lírico, un mundo mejor, una mirada que se hiciera caricia, un sabor que oliera a amor y pasión, un revolcón en tu lecho de rosas con María del Valle, tu musa y amante «felatriz» mientras en la radio sonaba la música minimalista de Philip Glass. En aquel programa de radio, que cada noche seguía casi con beatitud, cual parroquiano de las nuevas músicas, descubrí la magia de algunos escritores, que aún hoy leo con entusiasmo. Uno no debe perder su capacidad de emocionarse. Entre aquellos escritores que escuchara cada noche estaba Vallejo. Una época aquella en la que aún era posible soñar. Cuántos sueños a la luz de un flexo y al amor de un programa de radio fascinante.

César Vallejo y los mineros