Diario de León

El reportero que vino a conocer a la guerrilla... ...cuando a Girón aún le llamaban ‘El Barbas’

Izcaray, miembro del PCE, publicó uno de los primeros artículos sobre la guerrilla en el semanario ‘España Popular’ Girón y Severino Nieto estaban entre aquellos huidos. El periodista exiliado en México Jesús Izcaray entró de forma clandestina en España en 1940 para dar a conocer la resistencia de excombatientes de León, Asturias y Galicia en Casaio.

archivo del ferrol. cortesía de santiago macías

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carlos fidalgo | PONFERRADA
Ponferrada

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Se llamaba Jesús Izcaray Cebriano, fue periodista de El Imparcial, El Heraldo de Madrid, el diario Luz, el Ahora, y después de afiliarse al Partido Comunista a comienzos de la Guerra Civil se integró en la redacción de Mundo Obrero, donde cubrió la contienda como cronista y reportero en las trincheras hasta ejercer como redactor jefe. Autor de novelas y de relatos, la República agonizaba cuando le concedieron el Premio Nacional de Literatura en 1938, año en el que fue subdirector de Frente Rojo, de nuevo en la órbita comunista. Abandonó España unas semanas antes de la derrota y durante cuatro meses vivió recluido en el campo de concentración francés de la playa de Argelès-sur-Mer, tristemente famoso por el trato que recibieron los españoles que huían de Franco, según rememora la Fundación Gustavo Bueno en el perfil que le dedica en su web Filosofía en español.

Con pasaje en el no menos famoso vapor Sinaia, que en mayo de 1939 trasladó a 1.600 republicanos hacinados en sus bodegas hasta el puerto de Veracruz, Izcaray volvía a ser periodista, redactor jefe del semanario España Popular que se editaba el exilio en Ciudad de México, cuando en la primavera de 1940 regresó a casa de forma clandestina y después de cruzar la frontera desde Portugal, posiblemente, contactó con la guerrilla que operaba en los montes del Bierzo, en la Cabrera y Orense para escribir uno de los primeros artículos que debían dar a conocer al mundo —a un paso de comenzar los combates en serio de la Segunda Guerra Mundial— que en el interior de la nueva España de Franco, la nueva España salida de la cruzada contra el bolchevismo, la anarquía y la masonería, todavía latía la lucha armada contra el régimen.

Y esto es lo que escribió de Manuel Girón Bazán, el campesino y cazador de Salas de Los Barrios que estaba a punto de entrar en la leyenda con el sobrenombre de El León de la Cabrera, un mito del Bierzo del siglo XX, cuando lo incluyó en aquella crónica escrita para España Popular «desde los montes galaico-astures»: «Le quemaron su casa. Obligó por medio de anónimos a que los franquistas atemorizados le construyeran otra mejor. Mató a la dirección falangista de su pueblo que componían el Alcalde, el cura y el maestro». El periodista y escritor identificaba a aquel «campesino del PC de la provincia de León» con el que se encontró junto a otros 14 guerrilleros en los montes de Casaio (Orense) con el apodo de El Barbas.

«El Barbas es Girón, sin ninguna duda», explicaba ayer a este periódico el investigador Santiago Macías, que ha localizado en la hemeroteca del Ministerio de Cultura el ejemplar del número 43 de España Popular editado el 21 de diciembre de 1940, tras el regreso a México de Jesús Izcaray. «Pero lo que cuenta de Girón no puede ser del todo cierto», añadía Macías, que torcía el gesto cuando volvía a leer el párrafo donde el reportero nacido en Bejar, y que por entonces tenía 32 años, afirmaba que El Barbas había obligado a los falangistas a reconstruirle la casa que le habían quemado. Y es que el semanario con sede en la calle Rosales del Distrito Federal no dejaba de ser en mayor o menor medida, como todos los periódicos en el exilio, un órgano de propaganda contra el régimen de Franco, siempre en busca de ejemplos que le dieran aliento a la resistencia.

Por diez centavos, los españoles exiliados en México conocieron aquella Navidad de 1940 —los nazis ya habían derrotado a Francia y se había topado con la resistencia de los aviones de la RAF en la Batalla de Inglaterra— la historia de quince guerrilleros que lejos de entregar las armas se había organizado «al principio de nuestra guerra» con «elementos gallegos y leoneses». El grupo con el que Izcaray compartió jornadas en Casaio, —cuando la zona ya era el germen de lo que en esa década de los años cuarenta se llamaría la Ciudad de la Selva, el refugio de la guerrilla antifranquista— tenía un jefe militar «leonés» del «Partido Comunista». Y se refería en realidad al asturiano Marcelino Fernández El Gafas, que tampoco era comunista, sino del PSOE, y a quién el reportero identificaba como Méndez, de 30 años. Sí que era del Bierzo el anarquista Severino, de nombre completo Severino Nieto, abuelo materno del actual presidente de la Sociedad Deportiva Ponferradina, José Fernández Nieto. Severino, contaba el reportero de España Popular, «es muy valiente y se echó al monte porque los franquistas mataron a su padre, que era de derechas». Severino Nieto moriría en 1946, recuerda Santiago Macías, cercado en una vivienda de Villaverde de la Abadía a la que la Guardia Civil prendió fuego para obligarle a salir.

Junto a Nieto, en los montes de Casaio se escondía Girón, el hombre que murió tres veces antes de caer abatido por un infiltrado en 1951 en las Puentes de Malpaso (Molinaseca), convertido en el enemigo público número uno de lo que quedaba de la maltrecha guerrilla. Para cuando los lectores de Ciudad de México leyeron cómo se las gastaba, el futuro León de la Cabrera ya le habían dado por muerto una vez; el 13 de noviembre de aquel año de 1940, después de un tiroteo entre fuerzas del régimen y un grupo de guerrilleros que quería robar en la casa del médico de Castropodame. Su hermana Emilia, a la que habían hecho caminar desde su casa de Lombillo sin tiempo para recuperarse de un parto, le identificó, aunque el verdadero muerto se llamaba Leopoldo Nieto y la Guardia Civil solo lo supo cuando interrogó a sus padres, recuerda el autor de El monte o la muerte.

Izcaray, que compartió choza con los guerrilleros durante una temporada, también habla en su artículo de los bercianos Claudio Pousa, Claudín, el cocinero del grupo de filiación anarquista, «y su padre de 70 años», Toribio. Los Pousa eran naturales de Librán y habían sido panaderos en Ponferrada antes de echarse al monte.

El periodista del PCE también escribía, y es al que más líneas dedica, de «Manuel (El Bailarín)», —de nombre completo Manuel Álvarez Arias— «campesino de 30 años, fuerte y de mucho genio»— al que definía como «un magnífico compañero». Izcaray explicaba en el texto que escribió sin firma —su nombre solo figura bajo el cabecero como redactor jefe, pero documentos de la federación guerrillera confirman su estancia en Casaio en 1940, recalcaba ayer Macías— que El Bailarín había pasado a la clandestinidad después de decidirse a «liquidar físicamente» a una mujer de su pueblo en Orense «que estaba denunciando a todo el mundo por izquierdista». Cuando su propia esposa dio a luz en prisión «fue a visitarla a la cárcel vestido de cura». Y en otra ocasión, «lo cercaron en un lugar de Orense más de 30 guardias y falangistas» que «prendieron fuego a la casa en la que estaba, pero logró salir ileso», algo que no conseguiría seis años después Severino Nieto en una encerrona similar.

Al reportero se le notaba la admiración que sentían por Manuel Álvarez, un hombre que había demostrado «pericia y serenidad». Así narraba cómo lo cercaron «varias veces en la casa de su pueblo que tenía la costumbre de frecuentar» y donde «la fuerza pública le atacó con bombas de mano y en ningún caso sufrió la menor lesión».

Izcaray también había sido testigo durante su estancia con la guerrilla de un hecho memorable supuestamente protagonizado por El Bailarín. «En un choque que tuvimos con 150 soldados, siendo nosotros doce, y a pesar de que dos de los nuestros tomaban parte por vez primera y otros dos guardaban a 6 mujeres, solamente él, por su posición estratégica, causó 5 bajas entre las fuerzas, a las que les hacía señas con un pañuelo para que se acercaran». Y añadía el reportero de España Popular, en un párrafo donde asoman de nuevo las sombras de las exageraciones que solían acompañar a las publicaciones con fines propagandísticos, que «en la retirada se metió en un pueblo inmediato y a su salida puso fuera de combate a dos solados más de cuyo armamento se apoderó».

Alfredo Segura, Casteleiro, Francisco El Seco, Juanín, ferroviario del PSOE, cuatro nombres a los que Macías no ha logrado identificar —Luis Hernández, Miguel Ruiz, Ramírez y Santiago Hernán, todos de la provincia de León— y los «hermanos asturianos Agustín y Alfredo» (en realidad primos, de apellido Blanco), que morirían aquel año en la misma tormenta de nieve cuando caminaban a Portugal, son otros nombres citados por el periodista del PCE, que solo ofrecía «datos desfigurados y nombres cuya revelación no puede constituir ninguna sorpresa para la Policía ni ampliar los datos que esta tiene al respecto».

Izcaray escribía su texto como si fuera un combatiente más y no ocultaba en su artículo que los quince guerrilleros con los que convivió habían tenido «discrepancias». Pero afirmaba que «todos hemos convenido en no entablar discusiones con acritud porque en la práctica estamos todos unidos en esta vida azarosa de las guerrillas».

Ayudados y perseguidos

Y añadía datos sobre las acciones armadas del grupo de Casaio. «Operamos en algunos pueblos de las provincias de Orense, León y Asturias. Hemos realizado unos 60 golpes con la fuerza pública, habiendo causado unos 200 muertos. Nuestras bajas solo ascienden a 10 en toda la campaña». Explicaba además que «todos los guerrilleros tenemos trajes militares, prismáticos y fusiles» conseguidos en los combates. Rara vez, decía, se habían tenido que enfrentar con los vecinos de las aldeas, «aunque los franquistas tocan inmediatamente las campanas para que la gente se concentre en las plazas de los pueblos, al objeto de perseguirnos».

Era la primavera de 1940 y en el artículo solo cabía el optimismo. «La tendencia constante del pueblo es la de ayudarnos», escribía. Pero también calculaba Izcaray que habría «10.000 guerrilleros» en los montes de Asturias, con cañones «y mucha munición», y hoy sabemos que difícilmente pasarían del millar.

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