martes. 07.02.2023
CUANDO LA quinta de un servidor fue llamada a «servir a la patria» allá a mediados de los setenta el que más y el que menos, menos un par de idiotas, se hizo a la idea de que íbamos a perder año y pico de nuestra juventud no haciendo nada lo más rápidamente posible, que era la consigna del sargento. Así que formamos en fila india, juramos bandera, hicimos el indio en las maniobras, defendimos los cuarteles contra las cucarachas en largas y tediosas noches de imaginaria -si llegan a atacar los rusos con toda la morterada de misiles, íbamos jodidos, con perdón, mi sargento- y al final nos recompensaron con una cartilla a modo de historial militar, alias la blanca o la boleta , que, a mayores de no tener pies planos o ser estrecho de pecho, acreditaba a su titular que, en cuanto al valor, «se le supone». Una vez que rompimos filas la tropa se fue desperdigando por donde pudo, los de ciudad al paro y los de campo a estabularse otra vez en casa del padre, donde había rancho caliente, pero ninguno dispuesto a reengancharse, salvo los dos idiotas citados al principio. Total que asunto olvidado. Y, en tocante a patriotismo, nuestro lema en la reserva fue luego el de «voluntarios, ni para mear», porque, según uno del Barco de Valdeorras, te mean encima y hay que decir que llueve. Pasados a la reserva, sin embargo, da uno una patada en el suelo y te aparecen ahora patriotas por doquier deseosos de jurar bandera: Ibarretxe y Arzallus en el Pais Vasco, Carod y Maragall en Cataluña, el gallego Beiras en El Ferrol, y el leonesista Rodríguez de Francisco en el Ferral del Bernesga. Todo el mundo quiere ahora reinventar en su pueblo la mili obligaria con diecisiete banderines autonómicos de enganche como si antes con uno solo, el de Federico Trillo, no hubiéramos tenido bastante. Voluntarios para mear jamás, y perdone usted otra vez, mi sargento, pero lo que le pasa a España es como para mear y no echar gota. Tras haber sobrevivido a la mili y ya casi también al servicio obligatorio de la vida, con la veteranía que da haber chupado más campañas electorales que guardias el palo de la bandera, a los de la quinta del setenta y cuatro sólo nos dejan dos opciones: o desertar en masa del voto, escaqueándonos cobardemente en la abstención, o, con lo de los pactos vascos y catalanes, reengancharse otra vez de patriota hasta la muerte para defender lo que quede de Hendaya y la Junquera para acá. A mí la legión, mi sargento. Seguramente el problema de España reside ahora, al contrario que en nuestros tiempos de reclutas, en que los mandos no han hecho la mili: ni Aznar ni Zapatero, por ejemplo, y eso es rigurosamente cierto. Si no de qué íbamos a estar pactando con el enemigo: el PSOE con Carod Rovira en Cataluña y a medias con el PNV en uEskadi, el PP antes con Pujol y también con Arzallus y, aquí mismo, Morano, que es de los madriles de Chamberí, con De Francisco, el cual se ha pasado ahora a la otra trinchera. Al final todos han acabado pactando en Caja España, que es como la isla de Yalta después de la segunda guerra mundial y antes de la guerra fría o como quiera verse, total da lo mismo. En esta campaña electoral que gira exclusivamente en torno a quién pacta con quién en la sala de banderas ya va siendo hora de que alguien se acuerde de la tropa, le digo a usted, mi sargento. Por ejemplo, falta un estado mayor que se ocupe de la soldada y de las pensiones de nuestra quinta (intendencia), de a dónde vamos a ir a parar por este camino a ninguna parte (logística), si el enemigo ha penetrado ya en nuestras fronteras o tiene una quinta columna entre Canfranc y Roncesvalles, llámese Carod o Josu Ternera, etcétera. En los buenos y viejos tiempos los patriotismos de parroquia no eran tan cutres como los de ahora. Como mucho uno del Bierzo colocaba una pegatina en su flamante coche de minero que decía «Fabero, ciudad del dólar» para distinguirse de los de Ponferrada o del ingenierín de la térmica de Compostilla, que compraban la lavadora a plazos. O los de Astorga, que inventaron la Ruta de la Plata y ahora tienen problemas para sacarle brillo. O en el Sahagún de los Campos Góticos y el Camino de Santiago, donde sigue llegando algún que otro alemán, pero sólo de paso y sin dejar ni un duro. Incluso en Oteruelo de la Valdoncina ha visto uno un coche que luce patrióticamente la siguiente pegatina «I love Valdesandinas», que pertenece a la provincia de La Bañeza. Se ve que no llegó muy lejos de emigrante, si bien patriotismo tiene a manta. Nada comparado, en fin, con el actual desmadre de senyeras, ikurriñas y, con el tiempo, seguramente también gaitas gallegas. Aunque aquí tampoco faltan pendones. Por ejemplo, en Caja España.

¡Zoy ezpañó, cazi ná!
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