domingo 15.09.2019
Antonio Manilla POETA

«Con estas leyes va a ser mejor estar muerto que en activo y publicando»

«La Celama de Luis Mateo Díez ya casi no existe, León se parece cada vez más a un pueblo abandonado», lamenta el montañés Manilla, cuyo poemario ‘El lugar en mí’ acaba de ver la luz. «Me interesan todos los autores que han escrito con un propósito de intensidad», dice.
«Con estas leyes va a ser mejor estar muerto que en activo y publicando»

«Ni todo el agua del Torío, a estas/ alturas ya cansado, lejos de sus orillas,/ podría sofocar/ esta hoguera sin llamas de noviembre,/ las ascuas del otoño». Con versos como estos, bien enraizados en el terreno y donde la naturaleza y el ciclo de la vida adquieren un papel fundamental, el leonés Antonio Manilla, poeta, periodista y profesional del mundo editorial, ganó el último Premio de Poesía Ciudad de Salamanca. Un libro, El lugar en mí, ya editado por Cordelia y que se presenta este miércoles en la capital charra.

—¿Por qué estructurar este poemario de acuerdo con el ciclo anual de las estaciones? ¿Viene dado por su carácter un poco natural, cósmico?

—El lugar en mí es un poemario que tiene un intenso trabajo de organización o redondeo como libro, más allá de cada texto individual. Si todo poema es un problema de cálculo, el libro concebido como globalidad, aunque sea a posteriori, acaba convirtiéndose en una solución constructiva, en una propuesta arquitectónica. En ese sentido, darle una estructura casi circular, estacional, resultó efectivamente una solución muy natural, aunque está precedido por un prólogo y rematado por un epílogo que hablan, respectivamente, del futuro y del pasado, dejando al presente en medio.

—¿De dónde surge la chispa convertida luego en la hoguera que es este libro?

—Si lo recordase, te lo diría, pero el libro nace únicamente del impulso compilador ante el hecho de encontrarme con una buena cantidad de poemas individuales escritos durante los últimos años, una cantidad que de hecho me permitió preparar dos libros más que irán apareciendo casi seguidos, pues uno recibió el premio Paul Beckett y el otro está en manos de la editorial mallorquina Sloper, que publicó una de mis primeras plaquettes en su revista La bolsa de Pipas hace ya muchos años.

—¿Y qué me dices del título, de esos versos de Heaney que dan título al libro? ¿Se te quedaron ‘grabados’ en la mente?

—Pertenecen a un poema magnífico. Sus últimos versos dicen: «entre el pajar y el cielo al atardecer,/ entre el roble y el techo de tejas/ se dio mi existencia. Estuve ahí./ Yo en el lugar y el lugar en mí». Quizá están influidos, como me ha hecho ver un poeta amigo, por otros del místico germano Ángelus Silesius, de quien Borges tomó aquello de «la rosa es sin porqué» como definición de la poesía. Dicen: «No estás tú en el lugar,/ el lugar está en ti».

—¿Puede ser la degradación económica y poblacional leonesa, paradójicamente, causa de la intensa creatividad literaria registrada en esta tierra?

—Siempre he sostenido que el boom literario leonés procede en buena medida de «los maestros de la manzana», aquellos enseñantes de los pueblos que trabajaban por poco menos que la voluntad y que alfabetizaron muy tempranamente a las gentes de nuestros pueblos. Un dato puede bastar: en toda la comarca de Los Argüellos, cuando el analfabetismo rural era del 40% en el conjunto del país, no existía ni uno solo pese a tratarse de una zona montañosa y mal comunicada. Y quien dice el boom literario habla también de tradiciones como el filandón, la riqueza del romancero y casi cualquier expresión intelectual cuya base sea la comprensión que se adquiere mediante la lectura. Pero toda aquella bonanza está en trance de desaparición porque los pueblos andan moribundos, sin escuela y sin habitantes. La falsificación de la modernidad que nos han vendido, envuelta en la retórica del bien común, ha convertido en prescindibles asentamientos y formas de vida que tenían miles de años a sus espaldas. La Celama de Luis Mateo Díez o el pueblo soriano de los poemas de Fermín Herrero ya casi no existen, están disolviéndose en la nada. Más que de olvido, hablaría de abandono. Yo diría que todo León es un pueblo abandonado, aunque todavía no somos un pueblo desierto.

—¿Qué le ha supuesto ganar el Ciudad de Salamanca?

—Un premio no hace mejor el libro premiado, simplemente lo pone en circulación, mejora su visibilidad pública. El Ciudad de Salamanca es un premio ejemplar en este aspecto, ya que un jurado con Clara Janés, Antonio Colinas, José Luis Puerto, César Antonio Molina o Juan Antonio González Iglesias es un aval importantísimo; si a eso añades que está publicado por una editorial como Reino de Cordelia, que edita y distribuye soberbiamente, no se puede pedir más. Bueno, sí, que la ilustración de cubierta sea un cuadro espléndido de nuestro paisano Carralero, como es el caso.

—¿Qué piensa de la prohibición de cobrar derechos de autor por parte de los escritores jubilados?

—Resulta que va ser mejor estar muerto que activo y publicando, porque los herederos no tendrán ese problema, como tampoco lo tienen los altos directivos de esos cementerios de elefantes políticos que son las empresas eléctricas y de gas que todos sabemos, que cuando se jubilan pueden compaginar el cobro de la pensión pública con los complementos privados estratosféricos que se han ganado con su asistencia a consejos de administración de los que no ha salido ninguna decisión cuya importancia pueda compararse con un poema de Antonio Gamoneda o con una novela de Eduardo Mendoza. Esto no ocurre en ningún otro país europeo y además, como recordaba Antonio Colinas hace poco, muchos escritores colaboran constantemente en actos e iniciativas sin ánimo de lucro sin que su escritura genere derechos, lo cual redunda a favor de la cultura. Todo esto tiene una secuencia lógica de desprecio por lo que significa la cultura, que comienza por intentar borrar a las Humanidades del mapa y termina con la reclamación de cuatro años de pensión a la viuda de un autor.

«Con estas leyes va a ser mejor estar muerto que en activo y publicando»