lunes 16/5/22

«Prometo también que no haré guerra ni paz ni tomaré acuerdo sin reunir a los obispos, nombres y hombres buenos, por cuyo consejo debo guiarme», reza la Carta Magna leonesa, anterior en algo más de un cuarto de siglo a la que el rey Juan sin Tierra se vio obligado a otorgar a los nobles ingleses en 1215. Y añade, traducido del latín, el documento leonés: «Establezco además que ni yo ni nadie de mi reino destruiremos o invadiremos casa ajena ni cortaremos viñedos o árboles de otros (...). Ordeno también que nadie se atreva a apoderarse por fuerza de bienes muebles o inmuebles poseídos por otros. Quien se apoderara de ellos, restitúyalos doblados al que padeció violencia».

Frente a la presunción ateniense de que la democracia exigía un sentido de «comunidad política no sujeto a división alguna, estas Cortes descansaban en el supuesto contrario: en la probabilidad de conflictos de intereses y en lo deseable de que se resolviesen mediante compromisos pacíficos», explica Keane. Las Cortes reunidas en la basílica leonesa de San Isidoro no fueron, afirma el historiador, la típica reunión de «aduladores cortesanos», sino que supusieron una novedad radical. «Las Cortes leonesas «no tienen precedente», asegura.

«Las Cortes Leonesas no tienen precedente en la historia»
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