viernes. 03.02.2023
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Aventuras con lucios

El más grande que pescamos lo conseguimos en la manga mayor de Villademor, a pez vivo: un hermoso macho, de unos diez kilos de peso, que apenas opuso resistencia1397124194

león

El mayor lucio que hemos podido pescar lo conseguimos en la manga mayor de Villademor, a pez vivo. Era un hermoso ejemplar macho, de diez kilos, que no tenía barriga ni estaba flaco, por lo que probablemente hubiera servido para modelo en pasarela de lucios. Un amigo llamado Alipio y yo fuimos los afortunados. Extrañamente, su tamaño no estaba en consonancia con su vitalidad defensiva, por lo que no costó mucho tiempo extraerlo. El siguiente en peso fue uno de seis kilos y medio, y fue pescado en aguas del Esla, cerca de Valencia de Don Juan.

Otro caso ocurrió cuando en Manganeses no existía más que un puente (que aún perdura) estrecho y frágil. Poco después se construyó otro nuevo y luego otros dos para la autovía Rías Baixas. Desde el puente viejo siempre se veían buenos ejemplares.

En esta ocasión íbamos a pescar Carlos Costa, sus padres y yo. Conocíamos un rincón en la margen izquierda del Órbigo, por debajo del puente de Manganeses, al que se accedía a través de varios caminos de concentración, bordeando el río e introduciéndose por entre una gran chopera hasta alcanzar el recodo de una manga en el puerto que desvía una presa de agua en dirección a Benavente. Un rincón especial, donde siempre pescábamos buenos blasses y lucios, a pez vivo o a cucharilla o pez artificial. Esta vez deseábamos pescar algún lucio y nos dedicamos con insistencia a ello en todo el recodo de la manga, sin ningún éxito. Para no estorbarnos nos separamos en diferente dirección, y yo me dediqué a pescar la orilla del río en la gran tabla que forma el puerto, aguas arriba. Después de recorrer un largo tramo donde casi no hay echadas, llegué a un lugar en el que es necesario atravesar por entre la maleza para acceder a la orilla de la zona más profunda, desde donde se pueden hacer varios lances, y así lo hice. Cuando ya estaba cansado de lanzar y recoger sin resultado con un pez artificial con cucharilla, cambié de señuelo colocando un lucio pequeño de goma muy bien imitado, al que le había introducido en la barriga un buen plomo. Lanzaba y recogía con rapidez para que no se me enredase entre el ramaje que siempre hay en el fondo, pero tampoco era efectivo. Se me ocurrió entonces cambiar de táctica, lanzando y dejándole llegar hasta el fondo, donde lo mantenía quieto algunos segundos y lo arrancaba de repente para seguir recogiendo. A la tercera vez, cuando le di el tirón, quedó retenido como si se hubiera enganchado en algún ramaje, sin moverse. Tensé el aparejo y le di varios tirones fuertes, y entonces fue cuando aquello empezó a moverse con mucha lentitud, pero sin ceder, encaminándose a empujones por el fondo de la tabla hacia arriba y obligándome a ceder cada vez más metros de nylon. Frené a tope el carrete y traté de sujetar tensando al máximo el

aparejo, pues ya me había sacado casi todo el hilo de la bovina, logrando que diese la vuelta y regresase por el mismo camino profundo hasta mucho más abajo de mi posición, donde tuve que actuar de la misma manera que la vez anterior. Así me tuvo durante tres vueltas completas, sin poder verle ni acercarle. Por fin, al iniciar la cuarta vuelta, forcé al máximo la tensión y empezó a ceder, acercándose hasta la orilla donde yo me hallaba sobre un ribazo. A mis pies había una pequeña zona de arena y grijo blanco que sólo cubría unos veinte centímetros, lugar al que conseguí arrimarlo muy lentamente. Cuando llegó a esta orilla debía de venir ya cansado, porque se quedó quieto y completamente ladeado, y entonces pude ver el enorme ejemplar que tenía enganchado. Su longitud no era menor de 120 o 130 centímetros y su peso podría estar entre los doce o catorce kilos. Las piernas me temblaban ya por la tensión y el nerviosismo acumulado. Mi sacadora era un trasto inútil y el lugar no daba facilidades para poder sacarlo, pues había que bajar casi un metro desde el ribazo y echarlo fuera con las dos manos mientras se mantuviera tumbado, lo que intenté hacer, pero no me dio tiempo, pues nada más poner el pie en el agua comenzó su resurrección y con tres impulsos se enderezó, y moviendo su enorme cola se lanzó a una vertiginosa carrera en dirección a la zona más profunda del pozo, donde quedó parado. Me fue imposible moverlo de allí, y él tampoco se movía ya. Debió de cobijarse en alguna cueva o ramaje y de allí era inútil tratar de sacarlo. Tuve que tirar del nylon hasta conseguir romperlo, pero el enorme ejemplar no se movió de su refugio. Mi compañero Carlos llegó diez minutos después.

Escapada fallida

Si alguien podía resultar algo torpe pescando, este era sin duda Jesús Sandoval, pues debido a las considerables dioptrías que padecía, necesitaba usar unos cristales para sus gafas muy gruesos, por lo que no estaba sobrado de vista. Un día que estábamos pescando lucios a pez vivo en Villademor, le picó uno como de un kilo y medio de peso, y se dispuso a sacarlo. Pero he aquí que en ese momento estaba fumando, y sin darse cuenta arrimó demasiado el pitillo al nylon, lo que le produjo un corte en el mismo y el lucio y el trozo de aparejo se le fueron, con el corcho hundido por el fondo. Los lamentos y los improperios se sucedieron hasta que se convenció de que la cuestión no tenía remedio, y continuamos pescando. Cuando nos disponíamos a regresar observamos un extraño movimiento entre la vegetación acuática de la orilla, al mismo tiempo que asomó en la superficie el pequeño flotador que había perdido con el aparejo y el lucio. Como pudimos, pues ya era de noche, alcanzamos el citado corcho y anudando el nylon al dedo lo extrajimos del agua con el lucio incluido, que seguía enganchado.

Villademor

Las reacciones de algunos ejemplares grandes de lucios me hicieron pasar momentos inolvidables. En una ocasión, en Villademor, enganché un lucio de cinco kilos que, en vez de dar tirones entre dos aguas, optó por dar saltos descomunales por encima de la superficie, con su enorme boca abierta y dando nerviosos coletazos tratando de desasirse de la cucharilla. Antes de llegar a la orilla saltó cuatro veces y estos saltos alcanzaban una altura de más de medio metro. Otro de un tamaño casi igual, cuando lo traía acercándole hasta unos tres metros de distancia, decidió remojarme sacando medio cuerpo fuera del agua y dando un fuerte coletazo sobre la superficie por dos veces, consiguiendo su propósito. He pescado en varias ocasiones lucios que tenían las zonas mas claras de su piel completamente azules, con un brillo nacarado de las mismas. Su carne era también azulada. Un ejemplar pequeño (aproximadamente unos quinientos gramos) se despachó a su gusto elevando por encima de la superficie casi todo su cuerpo, sosteniéndose en posición vertical en un trayecto de casi dos metros, impulsado solamente por su aleta caudal. No pude saber si se divertía o era perseguido por otro mayor.

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