sábado. 02.07.2022
Para no perderse

El monte con un manto de hoja

La ciudad de León tiene un monte a mano; el de San Isidro, que abre el paraguas cada primavera para envolver la mejor expresión del bosque, cuando el bosque no es una secuencia de árboles repetidos. El monte de León está a un paso del asfalto, una alfombra de hojas que no se altera por el sol de poniente ni por las sinfonías interminables de los trinos
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En el monte de San Isidro hay un ecosistema inusual a escasos metros del asfalto. RAMIRO

San Isidro es un salpullido verde albahaca en primavera, que se deja ver desde León y deja ver la ciudad, cerca en invierno, alejada cuando los días crecederos convierten en paraíso todo lo que queda al amparo de las hojas. San Isidro es un bosque; bosque en el concepto exacto de bosque, porque nunca un bosque es una secuencia de troncos con ramas repetidos en serie, ya sean robles o pinos. El bosque de San Isidro lo es porque tiene copas variopintas, y los árboles son columnas que postean el cielo de León.

Ni laboratorio de pinares en plan invernadero, réplica de ese experimento que ahora explotan industrias lejanas y grupos de presión de maderistas foráneos que le sacan el unto a los recursos endógenos de León; ni parque temático de quercíneas, San Isidro alimenta un ecosistema peculiar que comparten humanos y pájaros, donde se escucha al cuco hasta bien entrado junio, y el canto inagotable de los mirlos, todos el día y toda la noche, mientras velan armas para que la hembra saque adelante la siguiente pollada. A veces, pasa un avión, otro pájaro sobre San Isidro, que busca tierra en la loma contraria, desde donde el monte más peculiar de todas las áreas boscosas que acordonan la capital leonesa se deja ver como un manto de promisión; desde las antenas de TV y el hospital hasta lamer la ribera. Como una lengua de lava simétrica que asemeja con perspectiva esa masa madre que explica la materia de los bosques caducifolios.

Eso termina y empieza por ser San Isidro; un paraguas que extiende las alas desde los brotes de abril, cuando la hoja enseña imparable al siguiente verano, y envía señales a los bandos de vencejos que parecían varados antes de la costa sur, y avisa de que es el momento de los vuelos rasantes sobre la mota de las matas, en ese festín de mosquitos y otros insectos que remolonean en espiral atraídos por el sol de la tarde y el bullicio del frescor entre las hojas.

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Mayo es un manto de hoja en el monte de cabecera de la capital leonesa. DL

San Isidro es un santuario para el fervor que le tienen los urbanitas a los espacios naturales; siempre a mano para resolver una cuita; por si hay una urgencia de contacto con los árboles que pueden detener el ritmo implacable del reloj; por si es preciso un sorbo de vida del manantial del que viene todo. Ahí está, a mano; de paseo y escapada en bici, desde la masa de cemento de la ciudad, que atenúa la presión del hormigón a medida que se acerca el monte de la carretera Carbajal, que enseñan la patita antes que la cresta, magnífica, coronada por la robustez de lo frondoso, con acceso fácil a través de sendas en cambios de rasante. Desde lo más alto , que se sale del perímetro abierto para disfrute del público en general, se intuyen los penachos de la catedral de León, igual que el Manhattan profundo enseña los secretos del Hudson, mientras el monte se entrega como una alfombra de hoja a los pies del visitante.

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Está zona de León está plagada de fauna mayor y pequeña; de árboles que resultan familiares. RAMIRO

De San Isidro cautiva el perfil apaisado de la masa forestal, que en algunos tramos se muestra bravía, sin el inconveniente que para la vegetación baja supone la mano del hombre agarrada a la desbrozadora que ajardina el paisaje. Y las conversaciones dicharacheras entre los pájaros; rudas y previsibles algunas, de las pegas y grajillas, que transitan el espacio aéreo, incisivas, otras, con los silbidos de las rapaces que más que volar hacen incursiones en plan aeroplano, líricas las otras, de tal forma que si escuchas a la calandria no tardará en darle réplica el ruiseñor. Por eso San Isidro adopta ese tono de realismo mágico que comparten las hordas de jóvenes en las meriendas estivales, bajo el amparo de ese monte que es el monte leonés; que igual que quita el frío, quita calor.

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San Isidro es un bosque de copas variopintas. RAMIRO

El monte con un manto de hoja
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