viernes. 02.12.2022
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Rabadán entra al cementerio de Espinardo con flores, donde están enterrados sus padres, en un fotograma del documental de DMAX. LA OPINIÓN DE MURCIA

Una carta que le remitió un recluso del Centro Penitenciario de Villahierro obró el milagro y reinsertó para la sociedad a José Rabadan, ‘El asesino de la catana’.

El preso de la cárcel de León se interesó por su caso, le recomendó que ingresara en la Iglesia Evangélica y a partir de ahí todo comenzó a tener otro sentido en la vida del asesino. «Pensarán que sigo siendo un monstruo, pero ya no soy un enfermo», aseguró recientemente en un documental. Le recomendó que se pusiera en contacto con la iglesia evangélica que se dedicaba a la rehabilitación de presos, la Asociación Evangélica Nueva Vida. Hizo honor al nombre y consiguió regenerarlo para una segunda oportunidad.

En la madrugada del 1 de abril del año 2000, Rabadán (entonces un adolescente de 17 años), pasó a formar parte de la crónica de la España más siniestra. Todo en él hasta esa nefasta noche parecía normal, aunque llamaba la atención su afición por las artes marciales y los libros relacionados con el satanismo.

Repartía su día a día entre el Instituto de FP y su casa en el barrio murciano de Santiago el Mayor que compartía junto a sus padres, Rafael y Mercedes, y su hermana María de 11 años y con síndrome de Down.

En las últimas semanas su carácter estaba contrariado. No conseguía pasar de cinturón blanco en sus clases de kárate. Se mostraba más retraído de lo normal. Comentaba a los amigos que está pensando en matar a su familia porque creía que estaría mejor solo. Por otro lado, había conocido por internet a Sonia, una joven catalana y su padre le había regalado una catana.

Rafael intentaba que su hijo se centrara en los estudios, mientas su madre le ocultaba al padre algunas de las trastadas del joven como las largas charlas telefónicas que aumentaban las facturas.La madrugada del 1 de abril se acostó con la firme intención de acabar con la vida de toda su familia. Todo ocurrió en torno a las siete y media.

El muchacho se dirigió con su catana a la habitación donde dormía su padre. Lo golpeó tres veces con fuerza en la cabeza y luego le clavó la catana hasta cinco veces en el pecho. Desde ahí, se dirigió a la habitación en la que dormía su madre junto a su hermana María. Mercedes estaba sentada en el borde de la cama espantada. Gritó llamando a su marido sin saber que ya estaba muerto. José la golpeó con la catana tan fuerte que incluso rompió la espada.

Su siguiente objetivo fue su hermana María que estaba muerta de pánico ante la escena. No le tembló el pulso y también acabó con ella. «Quería vivir una experiencia distinta. Estar solo. Que mis padres no me buscaran», relató a los agentes. Los agentes no daban crédito a aquellas palabras, así que le preguntaron de nuevo: «Y a tu hermana, ¿por qué mataste a tu hermana?». A lo que él respondió: «¿Y qué iba a hacer ella sola en el mundo...? La maté para que no sufriera», dijo a "La Vanguardia".

Tras confesar su autoría y una breve estancia en prisión, José Rabadán fue condenado por un juez a pasar seis años en un centro de menores y otros dos en régimen de libertad vigilada. Una sentencia que, según recuerda "El cierre digital", estuvo rodeada de polémica al dictarse en un juicio de treinta minutos de duración en el que fue clave un único informe psiquiátrico, que le diagnosticaba psicosis epiléptica idiopática, lo que sirvió como atenuante de la pena.

Durante sus primeros meses en el centro de menores de Las Moreras en Murcia recibió un montón de cartas de jóvenes que se declaraban fans del asesino. Tenía un montón de seguidores. Entre ellos estaban las dos jóvenes que mataron a una compañera de clase en San Fernando (Cádiz) en 2002. Con una de sus fans, Verónica Jiménez, llegó a tener encuentros vis a vis y hasta planeó casarse con ella. También envió varias cartas a medios de comunicación quejándose de que no estaba recibiendo el tratamiento adecuado a su psicopatía.
Desde entonces, su vida dio un giro y al cumplir su condena se casó con una chica a la que conoció precisamente en este centro. Con esta chica, de nombre Tania e hija de un pastor evágelico,  se casó y tuvo una niña. Encontró trabajo como bróker de Bolsa. Ahora vive dentro de está comunidad evangélica en Cantabria.

La carta del reo de Villahierro que cambió la vida al asesino de la catana