viernes. 02.12.2022

Dentro de unos meses se cumplirán los 75 años que en Núremberg comenzó el denominado ‘Juicio de los Médicos’. Fue el 9 de diciembre de 1946, cuando se instruyó ese juicio con la misión de juzgar la acusación de crímenes contra la humanidad supuestamente perpetrados por médicos y sanitarios nazis.

Como contestación, y como réplica inmediata a la sentencia que condenaba la execrable actuación de los médicos nazis, se publicó el Código Ético de Núremberg (19 de agosto de 1947), que estableció, como obligación inexcusable, que toda actuación médica esté precedida por la adecuada información al enfermo y que haya concedido su consentimiento a la realización de la misma.

Hagamos un breve recuerdo histórico. Los médicos nazis del III Reich, bajo la autoridad de Hitler, pasaron de asumir, en 1931, la prohibición de toda experimentación con moribundos y vulnerables, a consentir, en 1933, las leyes que pretendían la segregación racial y protección de la raza aria, a través de programas que facilitaran acciones como: la «conveniente» esterilización para evitar la propagación de inservibles, la eutanasia por una causa «digna y caritativa» con el fin de disminuir la «impureza e inutilidad» de discapacitados mentales y físicos, y la experimentación con discapacitados y enfermos por un «necesario beneficio de la raza». Para esos objetivos los ingresos multitudinarios en los campos de concentración no tenían límites.

Hay una curiosa similitud entre los médicos nazis con los favorecedores de la eutanasia, pues se sienten en la obligación de actuar según su criterio «protector»

Los criterios deontológicos que rigieron a los médicos nazis juzgados en Núremberg se traslucían en la convicción de que la razón del valor de la vida de los individuos está en función de la utilidad que tienen y puedan prestar a otros, y así, no hay que dudar en el deber de sacrificar cualquier vida si eso redunda en el beneficio de otras vidas de mayor nivel de utilidad y de más calidad. Sólo era preciso definir el «criterio de utilidad y calidad de vida». No era complicado. El III Reich de Hitler lo tenía meridianamente claro y bien estipulado. Esa intención de selección purificadora no tenía límites ni fronteras. Incluso no había que poner reparo a organizar eliminaciones multitudinarias insuflando el gas letal en barracones hacinados. Se sabe que el número de los ejecutados «en beneficio» de esa «utilidad práctica» sobrepasó los 300.000 individuos.

Hay una curiosa similitud entre los médicos nazis, juzgados en Núremberg, con los favorecedores de la eutanasia, pues ambos se sienten en la obligación de actuar según su criterio «protector», que les da autoridad para decidir qué es lo verdaderamente útil y beneficioso al enfermo. Los nazis tenían muy claro la «compasión» que había que derrochar para favorecer la pureza de la raza que consideraban ideal, «purificándola» de impuros inválidos, discapacitados y disminuidos físicos y psíquicos, con poca calidad de vida. Los actuales activos de la eutanasia no difieren mucho de esa misma concepción de mentalidad nazi que envuelven sus decisiones de una autoridad de «compasión», en consonancia con la calidad de vida que muestre el enfermo, considerándolo válido, o no, por encima de cualquier otra opción profesional en medicina, aunque provenga de la autorizada especialidad de Medicina Paliativa.

Los sanitarios de ambos casos, tanto a los del «Juicio a los Médicos» de Núremberg, como a los practicantes de la eutanasia actual, comparten la convicción de que sus acciones están sustentadas por justificaciones altamente convenientes. Lamentablemente carecen de la autocrítica que proporciona la visión profesional de otros sectores de la medicina, como ha sido siempre, y es, la medicina del cuidado. Presentarse frente al enfermo con la ceguedad manifiesta que proviene de mirarlo exclusivamente según el nivel de calidad de vida, y decidir si compensa ya su vida o no, impide verlo como persona que merece dignidad hasta el final su existencia, prestándole toda la posible ayuda de protección adecuada que reclama bajo la guía actualizada de la Medicina Paliativa.

Ciertamente, las actuaciones médicas sobre seres humanos, siempre tienen que comparecer ante un tribunal, unas veces será como en Núremberg, y siempre frente a un Código Deontológico, con imposibilidad de soslayarlo, y que dicta sus sentencias, a nivel personal, con rigor cierto e inequívoco.

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