domingo. 05.02.2023

Hubo un tiempo en el que las cosas eran (todavía) más humildes, (casi) todos vivíamos entre los límites de la escasez y las ciudades eran (aún) más grises. Era un tiempo en el que los pobres tenían nombre.

En las casas se cocinaba con carbón, el aire olía a repollo cocido y a noticias recalentadas del parte. No habíamos leído a ese poeta insomne llamado Charles Simic: Dios / te imploro / como si existieras / Baja de tu cruz / nos hace falta leña / para calentarnos. Un brasero templaba entonces las horas. Había gente que (como ahora), moría dulcemente respirando los vapores venenosos de la mesa camilla. Y todos sabíamos el nombre de los pobres.

Las contadurías burocráticas no habían inventado todavía el término definitorio de «pobreza energética». Pese a todo, durante el invierno hacía un frío glacial que helaba los charcos hasta bien entrado marzo. Los muchachos patinaban en las calles de barro congelado y soñaban con el humo de las locomotoras. Y llamaban a los pobres por su nombre.

En los barrios del oeste aparecían mujeres que recogían las lavazas, los restos escasos de la comida, con los que alimentaban cerdos en las praderas marchitas del extrarradio y cumplían sin saberlo con el principio ecológico del reciclado. En aquel tiempo todavía no se habían escrito los versos que «dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad, al hambre le llamaron muralla del hambre, a la pobreza le pusieron el nombre de todo lo que no es extraño a la pobreza».

Los pobres tenían horario laboral y llamaban puntualmente a la puerta en la fecha correspondiente, con su lenguaje no verbal de la mano extendida y la mirada perdida hacia dentro. Sabíamos su nombre y se cumplía el rito de la moneda o el modesto pago en especie. Los vecinos conocían su pasado, comentaban las circunstancias de su desgracia, calibraban oscuridades biográficas. Era un pobre en tiempos de pobres y, aunque no habíamos leído a los pensadores marxistas, ya intuíamos que en la ceremonia había algo de complicidad de clase.

Luego, en el espejismo de la riqueza, los pobres fueron cosa ajena a nuestra ilusión, estadísticas extrañas que no permitíamos que nos aguaran la fiesta. Y ahora, cuando los pobres acampan en nuestras aceras, ya no conocemos sus nombres.

Tampoco sabemos si el pobre que lee novelas de Estefanía en la puerta del supermercado de la calle Real, el que extiende una caja vacía en el Puente de la Puebla, el que toca el acordeón en la plaza del Cristo, el de la calle Ancha o el de la avenida de España, se han enterado de que dice el presidente que 2015 va a ser «el año del despegue definitivo de la economía española». Alguien debería contárselo. Y, de paso, preguntarle su nombre.

El nombre de los pobres
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