domingo 23/1/22

Ahora que los datos elaborados por las computadoras comienzan arrojar el infernal sufrimiento psíquico que los individuos han padecido durante la pandemia, los representantes políticos se prestan a lanzar falsas promesas y vanas esperanzas que, supuestamente, permitirían combatir, de aquí para adelante, el mal acaecido bajo el logro de la salud mental.

No hay más que ver la lista de vocablos utilizados (ansiedad, angustia, depresión, somatizaciones, alteraciones del sueño, consumo de psicofármacos, sustancias adictivas, suicidios…), que inundan las páginas de nuestros medios, para dejar entrever la punta del iceberg que los clínicos llevamos denunciando desde hace años con escaso éxito.

Pero el asunto en este momento no es sólo la presencia ante nuestra mirada de un malestar psíquico insostenible, sino la falta de comprensión, perspectiva y posición de los responsables de turno, para abordar el meollo de la cuestión tanto desde la perspectiva morbosa como desde el contexto estructural, que lo ha precipitado.

Y ahora que todo el mundo se echa las manos a la cabeza, no sé bien si para llorar, esconderse, consolarse o pensar de otro modo esta temática tan humana, convendría ser mucho más cauto y sereno, tratando de evitar palabras o frases de slogan propagandístico, que no hacen más que confundir a la población, cuando no engañar, impidiendo evaluar de un modo serio la verdadera encrucijada social en la que estamos instalados. Un embrollo demasiado complejo para la mente humana, porque está precisamente enraizado en un estilo de vida, que nadie puede o quiere cambiar, limitando así seriamente cualquier salida mínimamente plausible.

En primer lugar, mal hacemos con seguir utilizando un término como «salud», completamente inapropiado y ambiguo en el plano físico, pero todavía mucho más impreciso, cuando no mentiroso, en el terreno psíquico. Porque no existe ni existirá jamás la «salud mental», pero sí el sufrimiento psíquico, puesto que eso sí, que es real.

De hecho llevo más de 40 años atendiendo pacientes con enfermedades, malestares, quejas y demandas de todo tipo, y todavía desconozco que sé quiere decir propiamente con la palabra «salud», más allá de la prevención o de esa supuesta armonía ilusoria que nos impide apreciar la verdadera faz de la condición humana.

Del mismo modo mal hacemos también con seguir insistiendo en utilizar la palabra «felicidad» para los asuntos humanos, porque tampoco existe ni existirá tal promesa, aunque sí encontremos sobradamente en cada uno de nuestros capítulos el papel de la discordia, el malestar o el placer.

Y puesto que todos, placer, malestar, sufrimiento y discordia, forman parte de la condición humana, cualquier intento de abordaje a partir del término médico «curación», no es desde luego el mejor modo de ayudar a ese enjambre de población que se ha visto desamparada, cuando no abandonada, por un sistema que sigue una lógica implacable de ruptura subjetiva y comunitaria, como nunca en la historia se había contemplado.

Luego utilizar las palabras adecuadas a la hora de afrontar el malestar psíquico puede ayudarnos a precisar mejor el contexto, las esperanzas posibles, así como las limitaciones de nuestra empresa, evitando así, del mejor modo posible, caer en el engaño; lo cual es también un modo digno de dirigirnos hacia nuestros conciudadanos desde una óptica claramente no infantilizadora.

En segundo lugar, más allá de la cantidad de profesionales dedicados al capítulo de la sanidad o del dinero que se emplee, lo cual es importante, está el modelo por el que se guíen nuestras actuaciones en el tratamiento del sufrimiento psíquico.

Y, desde luego, si pensamos la mente como una simple máquina que sufre desperfectos o desajustes en su diseño o configuración de cableado, mal podremos entender su abordaje integral.

De ahí la necesidad de profesionales que miren y escuchen sin el manual o el protocolo de actuación de turno, puesto que ese sistema tan solo sirve para clasificar o dirigir mecánicamente nuestras decisiones, nunca para singularizar, que es de lo que se trata, el malestar que nos convoca.

Por eso la importancia que adquiere para los profesionales una formación específica en la escucha, que permita abordar el sufrimiento desde un plano subjetivo, al que poder interrogar, intentando buscar una alianza con el mal y su canalización sintomática hacia otro lugar. De lo contrario estaremos confrontados periódicamente con oleadas invasivas de malestar psíquico, tal y como acontece todos los días en nuestras consultas médicas.

En tercer lugar, cada época tiene su estructura y discurso de base, configurador de subjetividades, pero también sus productos de desecho y de «verdad», y la nuestra, como no podía ser de otra manera, también. Luego toda esa variedad clínica que ahora hace clamar al cielo es el precio a pagar por el empuje de una hipermodernidad que, a pesar de sus éxitos materiales en el abordaje de la necesidad, no ha hecho más que generar multitud de vidas desperdiciadas, ruptura de lazos, de todo tipo, y orfandades francamente crecientes como estériles en el manejo de sus vidas, aunque eso sí, gracias a la tecnología y los dispositivos en marcha, todo pueda ser visionado y comunicado en tiempo real, para la saciedad de espíritus cada vez más adormecidos y menos críticos con todo aquello que se les oferta.

De todo esto se deduce, en honor de la claridad y sin ánimo de ser ningún profeta que, desgraciadamente, lo peor está aún por venir. Lo cual no debe impedirnos disfrutar del momento y de las pequeñas cosas cotidianas, así como de los lazos más cercanos desconectando, lo más que se pueda, todos esos engranajes que espían nuestras intimidades y anhelan conseguir de qué matriz están hechos nuestros deseos. Ante esto último sólo nos cabe sonreír.

La insoportable levedad del sufrimiento
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