miércoles. 28.09.2022

Nos detenemos en uno solo de los efectos colaterales que este virus empecinado no cesa de encadenar. Es tal el desconcierto que ni siquiera su género todavía sabemos. Algo cansados ya de el Covid-19, campea ahora por los papeles la Covid-19. Entre tanta incertidumbre, con el mes de setiembre ya doblado, el verano tocó a su fin. Setiembre sin la pe, tan molesta antes de la te, como le gustaba a Cela, y también a Pereira. Las vacaciones, tan distintas este año, van quedando atrás, ocupando un rinconcillo en la memoria. El curso académico se va poniendo en marcha, al son de la improvisación, cada cual cuando y como mejor estime.

Con esa música de fondo y la mascarilla siempre a mano, corría inexorable el mes de agosto cuando la Consejería de Sanidad de Castilla y León tuvo a bien gratificar a los sufridos sanitarios que han hecho frente al consabido virus. Para este loable empeño dictó e hizo pública una resolución en la que al cabo de una docena de líneas, tan obligadas como hueras, alcanzaba el acuerdo de conceder gratificaciones como compensación por el extra ordinario esfuerzo realizado para hacer frente a la crisis sanitaria ocasionada por la Covid-19 a los profesionales del hospital de esta ciudad.

¿A todos? Ahora se llega a la escollera. Y la resolución venía acompañada de un anexo con la relación de los gratificados y la cantidad percibida. Ha habido pues que discernir entre aquellos profesionales que han desempeñado un extraordinario esfuerzo, de aquellos cuyo esfuerzo no ha sido extraordinario y se han limitado a cumplir con sus obligaciones profesionales. La iniciativa es encomiable pero su desarrollo ha tropezado con un escollo. Se ha dejado al arbitrio de algunos mandos intermedios la facultad de discernir, y el resultado ha sido un aluvión de recursos de reposición dirigidos a la Gerencia Regional de Salud. Es indudable que quienes han estado en la primera línea han realizado un extraordinario esfuerzo. ¿Qué ha ocurrido en la retaguardia?

Imaginemos un pequeño departamento con solera ubicado en una planta cualquiera del mastodóntico edificio levantado en los Altos de Nava. Su plantilla teórica está integrada por ocho personas. Durante el periodo más crudo de la pandemia, esto es, marzo, abril y mayo, alguno se encuentra de excedencia y se dedica en exclusiva al ejercicio de la medicina en el sector privado. Otro se encuentra de permiso por maternidad reciente. Quedan cinco, ya que los huecos que han dejado no se han podido cubrir. Esos cinco son viejos camaradas, se conocen desde hace años, como si fueran una familia. Durante aquel tiempo excepcional se tuvieron que reorganizar. La cirugía programada, con excepción de algún caso aislado, se tuvo que suspender. Las consultas externas se atendieron por teléfono, lo mejor que se pudo. Las habitaciones del hospital se llenaron de pacientes infectados por el virus. La patología habitual quedó eclipsada. Poco a poco, conforme mejoraba la situación epidemiológica, comenzó a aflorar lo que había quedado oculto. A lo largo del verano, entre todos, se hizo frente a esa crecida de enfermos, y aún se está en ello.

El pasmo llega cuando se comprueba que sólo dos de estos cinco funcionarios perciben la compensación por el extraordinario esfuerzo realizado. Semejante dislate, no exclusivo de este rincón del hospital, recuerda aquel cuento de Antonio Pereira titulado La prevaricación. No ya porque prevaricar, consultado el diccionario de uso español, venga definido como faltar un empleado público a la justicia, moral en este caso, en las resoluciones propias de su cargo, conscientemente o por ignorancia inexcusable; sino porque en el cuento, un rapaz se ve forzado inopinadamente a escoger un profesor para la escuela. Elige con la inocencia propia de su edad, imaginando el beneficio que le puede deparar. El escritor, con su ironía habitual, adivina en esa acción la falta de tino que el porvenir le va a desvelar.

Setiembre
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