martes. 31.01.2023
¿QUÉ PASA? ¿Sois nación o no sois nación? Esa pregunta nos la hacen a los gallegos en Madrid. Nos la hacen tanto y con tanto retintín, que dan ganas de llamar a Rajoy y decirle: oiga, don Mariano, dígale a Núñez Feijóo que se avenga a reconocer la nación gallega, con Breogán o sin Breogán. Como don Mariano está muy ocupado en llevar propuestas a la reunión del pacto antiterrorista, entiendo que no está para estas cosas y he llamado a mi pueblo: ¿qué?, pregunté. ¿Somos o no somos una nación? Y me respondieron: «andan en eso». «Andan en eso». No me han dicho «andamos en eso». Escucho las conversaciones de la gente normal, y empiezo a tener la impresión de que comienzan a poner una cortina entre sus sentimientos y la clase política. Los asuntos de los políticos empiezan a ser tan sofisticados, tan de su élite, tan interesados, y a su vez tan enrevesados, que se escapan a la sensibilidad del personal de base. Por eso, cuando ayer se supo que Pérez Touriño, Quintana y Núñez Feijóo habían terminado su reunión sin ningún acuerdo sobre el Estatuto de Galicia, no se ha producido una gran decepción, ni se han visto lágrimas por la calle, ni siquiera hubo protestas de los sectores más politizados. Que Núñez Feijóo se haya mostrado más flexible hace meses que ahora, es un aspecto que sólo anotan los especialistas. Que Anxo Quintana haya hecho un esfuerzo de ductilidad para sacar algo para sus bases y la historia de su partido es un detalle tan sutil, que parece la letra pequeña de un contrato. Y las habilidades de Touriño para mantener su acuerdo con el Bloque y conservar íntegro su gobierno sin quemarse en el pacto imposible, no mueven pasiones en la sociedad. ¿Qué quiero decir? Que, si no hay nuevo Estatuto de Galicia, no es una tragedia. Sólo es una muestra de las diferencias entre los tres partidos políticos. Pero ni el país se paraliza, ni entra en estado de depresión colectiva, ni se avecina una riada de protestas sociales. Hay distintos criterios entre partidos, y punto. La historia no termina en el fiasco de ayer. Si Núñez Feijóo se ha equivocado en su conexión con la sociedad, lo pagará en las urnas. Y si la sociedad percibe que Quintana ha planteado la palabra nación a destiempo, le ocurrirá lo mismo. Eso es todo. No se abre una crisis institucional, porque tampoco había una gran presión popular por el Estatuto. «Están en eso», y ahora dejan de estarlo. Ahí se acaba la emoción. Ahora que se aparca este problema, quizá sea el momento de hacer otras cosas. La primera, combatir esa imagen de que las empresas escapan de Galicia y se pierde tejido industrial. A muchos paisanos les afecta bastante más que la niebla que envuelve la entrañable palabra nación.

Sin nación, y no lloramos
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