Diario de León
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ernesto escapa
León

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El caso de los niños de la montaña de Riaño, para quienes la Consejería de Educación había prescrito un traslado diario de 140 kilómetros, acabó con un solemne sopapo en el pleno de las Cortes a los proyectistas del trajín. Además de Riaño, otros dieciocho Centros Rurales Agrupados habían recibido el aviso de que a partir de septiembre la Educación Secundaria Obligatoria tenía que impartirse en institutos y por su profesorado. Así lo establece la Ley y a comienzos de este mismo curso medio centenar de pueblos perdió su alumnado de Secundaria. En la mayor parte de los casos, fue una decisión acertada, que apuesta por salvaguardar un mejor servicio educativo a los niños. Pero son decisiones que no se explican, adoptadas con rutinaria falta de sensibilidad.

Y sin abordar el núcleo del problema. Con excesiva frecuencia, se olvida que los protagonistas esenciales de la educación son los alumnos y que el criterio rector de cualquier diseño debe ser la prestación del servicio en las mejores condiciones. Aquí, los tiralíneas de la programación educativa echan la raya en el despacho y que se preparen los que no caigan dentro de sus previsiones. Los pueblos de nuestras periferias rurales ya están acostumbrados a quedarse en territorio comanche. Y en este aviso de cierre detenido por Herrera en las Cortes, no hablamos de aldeas remotas, sino de villas históricas que mantienen su vitola de cabecera comarcal, como Riaza, Madrigal de las Altas Torres, Vega de Espinareda, Riaño o El Barraco, por citar cinco ejemplos. En algún caso, el trasvase otoñal de alumnos se iba a cruzar con la peregrinación de enfermos, por el cierre de las guardias médicas. Esa era la previsión para Riaza y Ayllón, en la sierra segoviana: los enfermos de Ayllón a Riaza y los niños de Riaza a Ayllón.

Este desbarajuste de servicios alcanzaba su cota más sangrante en la montaña de Riaño. En la actualidad, los alumnos de Secundaria de Valdeón y Sajambre recorren a diario 80 kilómetros por carreteras de alta montaña, comen fuera de casa y a veces no pueden regresar a dormir. Para ir a clase, tienen que cruzar dos veces al día los puertos del Pontón y Panderrueda, que en invierno suelen aparecer complicados con hielo, nieblas y nieve. A veces, incluso, se ponen infranqueables. Pero a estos niños y a sus familias, que viven en dos de los valles que primero desterraron el analfabetismo, no les asusta ninguna barrera en su empeño por aprender. Por si ese esfuerzo no fuera suficiente, los proyectistas de la Consejería de Educación trataban de añadirles 60 kilómetros diarios más al cuerpo. ¿Alguien se imagina a sus hijos de once o doce años recorriendo por carreteras enrevesadas 140 kilómetros diarios para ir a estudiar?

Desde luego, la solución no es entorpecer su desarrollo, limitando los recursos disponibles para la formación de estos niños. Parece de Perogrullo, aunque nadie apunta al núcleo el problema. ¿Qué imponderable existe para que los profesores del Instituto de Cistierna se desplacen a impartir sus clases los días que sean precisos a los niños agrupados en Riaño? Sólo uno. Entender que la prestación del servicio esencial de la Educación debe hacerse de manera accesible para los alumnos, de manera que no quiebre la vida familiar ni provoque el abandono escolar. Igual que el servicio sanitario.

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