Diario de León
Publicado por
ernesto escapa
León

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Pasan los días y se suceden las estaciones, mientras los protagonistas de la vida pública tratan de escabullirse y escurrir el bulto de los asuntos importantes. Se ha visto a las claras en estos días epigonales de febrero. El simple contraste entre las prioridades de la gente, que recogen los sondeos de opinión, y la baraja de asuntos que manejan los políticos en sus debates, provoca estupor. Frente a la angustia del paro, los alardes macroeconómicos; frente a la dimensión de los retos, el regate cicatero. Acaba de ocurrir, así que el espectáculo aún se muestra fresco. La cuestión de relieve es desvelar por qué sucede semejante descuido. Porque de ese desdén deriva el desapego y la indiferencia que los sociólogos gustan llamar desafección. Para mantener la opacidad de la jerga. Cuando en realidad, si se procede con cordura y aplicando el sentido común, todo viene rodado.

Quizá lo más llamativo de este torneo parlamentario fue la evidencia de que sus oficiantes ni siquiera son conscientes de lo lejos que andan de las preferencias de la gente. Sí saben bien, unos y otros, en qué han fallado y los pelos que dejaron en la gatera. Pero de eso no se habla, majete, que febrero se acaba y ya apunta la primavera. Por darles una idea, digamos corrupción. El paro es nuestra lacra más hiriente pero cada día brota un escándalo con la gestión de los fondos destinados a cursos de formación. Y la escandalera sólo suena cuando el manejo de fondos da pie a los saqueos patronales, sindicales o partidarios, que de todo hay en ese mercadillo. De ahí, los esfuerzos conjuntos para tapar los tufos. Cada noticia de este batiburrillo descubre confidencias alarmantes. Y es mucho dinero el que se está marchando por el sumidero. Pero eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca.

Lo que se avecina es el negocio de la financiación autonómica, de donde sale el dinero para sufragar servicios esenciales, como la sanidad, la educación o la asistencia social, cuyas cuentas anuales, después de los recortes, ponen en evidencia un desajuste creciente. Y ya que vamos al trato, convendría ponderar correctamente otras necesidades, que los apuros de los últimos años han reducido por el procedimiento de asfixia. Porque en esos otros ámbitos, como el patrimonio cultural, la agricultura productiva o la superficie arbolada, radica buena parte de nuestra fortaleza y hay que hacerla valer.

Tenemos un poblamiento disperso, envejecido y menguante sobre un territorio capaz de engullir sin empacho a trece países como el vasco o a tres como Cataluña. Y eso, que tanto incomoda a los proyectistas de salón, no es fruto de ningún capricho, sino el resultado de un proceso histórico que nos legó más de la mitad del patrimonio artístico nacional. También supone la contraseña de una singular riqueza natural, porque su presión nunca ha sido agobiante para el equilibrio ecológico. Vamos siendo cada vez menos y mayores. Entiendo que este tipo de argumentos suscite perplejidad en los merluzos, pero no parece difícil traducirlos a perras. Y de eso hay que hablar sobre todo, cuando se aborda un nuevo sistema de financiación. Sin fijar el punto de partida en la rapadura de los recortes, que deja en precario el sostenimiento de ese patrimonio que da esplendor a la marca España. Porque no se trata sólo de que cueste más mover a los médicos o a los maestros. Esa es otra engatada.

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