Diario de León
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ernesto escapa
León

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La sabiduría popular enseña que los meses primaverales son la llave de lo que puede dar de sí el año y la veleta de este abril casi nos resuelve la expectativa, sin necesidad de auscultar mayo. No me refiero al reparto de vientos o nubes y claros, sino a lo que podemos esperar de los meses por venir. Ya pasó Villalar y mientras caminamos con desgana hacia las urnas europeas, de cuyo meollo ni siquiera se ocupan los aspirantes, rebrotan algunos asuntos recalcitrantes. La digestión de la efeméride obliga a ventilar una vez más el engrudo del centralismo provinciano, que es un ruido que otra vez tizna debates y malogra discusiones. Aprovechando los ahogos de la crisis, los predicadores de la confusión echan a la gavilla lo que sea preciso con tal de enturbiar la controversia.

En realidad, la oposición a la estructura autonómica viene de largo y de frentes muy diversos, aunque algunos de sus heraldos la combinan con silencios o afectos que delatan temporadas de despecho o beneficio en ese ámbito. Más allá de los nombres pillados en contradicción, que nunca acaban de asumir el bochorno de su desnudez para pedir disculpas y decir adiós, la coyuntura propicia la reflexión sobre los logros y correcciones necesarias al sistema autonómico. Que no es lo mismo que agitar el avispero. Porque, incomode más o menos, Villalar no es un ferial ordinario. Su legado de libertad alentó a los luchadores contra el despotismo, a los liberales que alumbraron la Constitución de Cádiz, a los revolucionarios de 1868 y a los republicanos de 1931, que incorporan la franja morada a su bandera.

Las banderas de abril en Villalar agitan la memoria colectiva de quinientos años. ¿Qué se dilucidó entonces para que siga siendo una cita emblemática, en las adhesiones y en las suspicacias, tanto tiempo después? Para el hispanista Joseph Pérez, en Villalar se hundieron las esperanzas de quienes aspiraban a un futuro resuelto en libertad. Los comuneros se oponen a que el emperador Carlos sacrifique el bienestar de estos reinos, gastando sus rentas en otros señoríos, y le reprochan que las pecunias de aquí las lleve en provecho de Alemania, Aragón o Nápoles, anteponiendo sus intereses personales y dinásticos a los legítimos de nuestra tierra. Para evitar el despojo, exigen participar en el gobierno a través de la Junta. De este modo, «sería nuestra república una de las más dichosas y bien gobernadas del mundo».

A pesar de los actuales disimulos, León vivió aquella efervescencia con singular pasión y el movimiento comunero tuvo sus puntales en los ayuntamientos de la capital y de Villafranca del Bierzo, en el cabildo catedralicio y en los dominicos de Santo Domingo. Frente a ellos se situaron el conde de Luna y los marqueses de Villafranca y Astorga. El corregidor leonés era Ramiro Núñez de Guzmán, de la noble familia de los Guzmanes. Los libreros leoneses reeditaron en 1978 un libro muy instructivo de don Eloy Díaz-Jiménez y Molleda, que repasa aquel legado y nos recuerda cómo nueve días después de Villalar el corregidor tuvo que huir a Portugal con sus hijos, de donde sólo pudo volver al cabo de seis años, previo pago de quince mil ducados. Y aún tendrá que aguardar otro lustro para recuperar las propiedades que no habían sido devastadas. Han pasado casi quinientos años y aquella llama sigue viva. Así llueva a cántaros o caigan chuzos de punta. Porque nos concierne.

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