Diario de León
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ernesto escapa
León

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De momento, la resaca de las urnas europeas no remite. Han pasado diez días y los síntomas no amainan ni los bandazos se apaciguan. Las ondas de aquel palmetazo han ofrecido deserciones, asonadas y relevos, a veces diferidos por el ensueño de un respaldo improbable en el recuento de votos. En el barullo de los días sucesivos, ni siquiera ha faltado la mamarrachada birriosa de cuño esperpéntico. El juez berciano Enrique López, que nunca debió llegar al Tribunal Constitucional, acabó apeándose de la peor manera, después de pintar la cara de bochorno a sus tenaces promotores del gobierno. La fechoría callejera del togado constituye la prueba más elocuente de su falta de idoneidad y debiera sentar precedente para vetar este tipo de antojos, tan frecuentes en las mayorías holgadas. Lo tuvo el felipismo con el luchador canario Eligio Hernández, a quien aupó a la Fiscalía General del Estado en tiempos de los Gal, y lo ha repetido Rajoy con el juez atufado. Pero siempre acaban dando el cante. Y si algo ya no traga la gente son estos tiroriros.

La apertura de las urnas europeas destapó el reproche al bipartidismo decantado durante la transición, con un apunte de pluralidad política que pudiera resultar pasajero o incrementarse en las próximas elecciones municipales y autonómicas. Todo dependerá de la actuación de unos y otros. No obstante, la transferencia de resultados no es mecánica y, en todo caso, el diapasón del aviso tampoco permite desquiciar su alcance. Lo digo por las prisas en liquidar el bipartidismo, cuestionando la suficiencia de su respaldo parlamentario para la proclamación del nuevo rey. Porque la conmoción más reciente de la resaca electoral tuvo que ver con la renuncia del rey Juan Carlos I. La abdicación del primer Borbón, hace casi tres siglos, se malogró por el rápido fallecimiento del heredero. Ahora los riesgos son otros y deben ser tenidos muy en cuenta. Es preciso un cambio de estilo, que suponga el cambio de la campechanía, a veces estrafalaria, por solvencia. Y el futuro Felipe VI ha acreditado temple y recursos para abordar con garantías los nuevos desafíos. Que no son pocos ni menudos.

En la noche electoral, los populares encajaron la rebaja mudando el rostro y con el alivio de ver a sus rivales destrozados. La derrota socialista, personificada en la vice de Rubalcaba, precipitó su dimisión, propiciando un barullo en el que los electores no pudieron atender a razones, porque el debate se limitaba a los trucos del relevo. En aquel guirigay se mezclaron clamores de corrala, que invocaban la acumulación de responsabilidades en la bisoña presidenta andaluza Susana Díaz, con recelos de tahúr. Como si un apaño semejante fuera la demanda de los electores en deserción. Pero todavía faltaba el estrambote, que agitó la jaula socialista de Castilla y León, encogida durante décadas en la derrota. La reunión de la ejecutiva se convirtió en escenario para desalojar al secretario general Julio Villarrubia, mediante la picaresca de las dimisiones en manada.

No plantando cara para enmendar su labor, sino escurriendo el bulto para propiciar la caída. Quítate tú, que me pongo yo. Los movimientos producidos a partir de la algarada han multiplicado el descrédito de la formación política que inauguró el gobierno autonómico de Castilla y León, de manera que ya no sirve el cambio de cromos. Ahora se necesita una apuesta radical y decente.

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