VERLAS VENIR
A limpiar la era
Los alirones inflados artificialmente acaban dejando al aire vergüenzas de imposible camuflaje, a menudo difíciles de olvidar. Si además el entusiasmo responde a un soplo presupuestario, la avería resultante acaba siendo un sumidero irreparable. Como los túneles de Pajares. Y esto pasa no sólo con los pinchazos del balón, que estos días rueda indolente por el prado carioca. Para empezar, el relevo en la Jefatura del Estado, que llega al cabo de casi cuatro décadas, pilló a la España institucional con los deberes sin hacer, pendiente cada cual de sus apaños. Sin reparar en que todos los pasos que afectan al recambio en una monarquía parlamentaria requieren su trámite legislativo: ya no vale la campechanía del hasta luego, que me aburro, o vengo porque me toca.
Así que las jornadas históricas de esta despedida primaveral se van produciendo con patética improvisación y siempre al acecho de ocurrencias peregrinas. Pero ni siquiera es eso lo peor, porque esta suerte de trajines institucionales tampoco le quitan el sueño a nadie, sino lo que van dejando al aire. Una de las derivas más ruidosas está siendo la de los aforamientos, para ver si ahora el rey jubilado tendrá y en qué medida ese escudo protector. Porque pasa de la inviolabilidad constitucional a quedar a la intemperie en la que se desenvuelve el resto de los españoles que no son los diez mil del fuero. Como la amplitud del amparo resulta no sólo chirriante, sino también chusca, han empezado a piarla por turnos diferentes gremios de aforados, que solicitan la retirada del paraguas a los demás, para que si llueve sea el otro quien se moje. En ese distinguido pelotón de privilegio están los jueces y fiscales de todos los rangos, por supuesto gobernantes y parlamentarios de nuestro plural escenario, además de los distinguidos ocupantes del Tribunal de Cuentas, del Consejo de Estado y Defensor del Pueblo. Por si alguien los miraba a ellos, que suponen el ochenta por ciento de la escudería, abrió el turno de petición de merma el Consejo General del Poder Judicial, que es el órgano de gobierno de los jueces. Pero lo hicieron apuntando a los demás. Y eso tampoco vale.
Porque el ejemplo a seguir son las democracias de nuestro entorno, sin distinguir repúblicas de monarquías. Ni Estados Unidos, ni Alemania, ni el Reino Unido tienen ningún aforado. Es decir, ninguno, para que se entienda bien el parangón. Las repúblicas italiana y portuguesa sólo protegen con un fuero especial al presidente, mientras Francia lo hace con el presidente y su gobierno. A la vista de cómo nos deja el cotejo, sólo cabe pedir que se vayan apeando del privilegio ordenadamente y sin patalear jueces y fiscales, gobernantes, parlamentarios y demás miembros del hinchado tropel institucional. Y una vez sin cobijo, que se pongan a la tarea, para que un imprevisto como la abdicación no nos vuelva a pillar con los deberes sin hacer 39 años después. Porque este tipo de enredos malician a la gente, siempre propensa a entender que unos y otros se dedican al cuento.
Llega el verano y otro año más los regantes del Páramo vuelven a encontrarse con la chapuza de una red que no da más que sustos. Tres décadas después del cierre de Riaño, las cañerías desplegadas con un cuarto de siglo de retraso acumulan más de cien reventones desde su estreno, hace cuatro años. Sólo falta oír hablar de vacaciones a los aforados.