VERLAS VENIR
El bullicio de los caudales
Cada curso que arranca con el señuelo de las urnas en primavera, se repite por san Froilán este alboroto de cifras, promesas, pregones de obras y rebajas de impuestos. Aunque se oigan anuncios tan sobados que rayan. Y olvidos, porque cada presupuesto desnuda sus renuncias. Esta vez la gazuza de los caudales coincide con un horizonte que va a poner a prueba en dos convocatorias la paciencia de la gente y su capacidad de aguante. Con opción a repartir el enfado. Porque venimos de una temporada en la sombra que ya dura bastante más de lo previsto. Si hoy recordamos aquel engañabobos con los brotes verdes de Elena Salgado, hasta el más tibio se resiente del calambrazo de su actual prosperidad en el retiro eléctrico. La menciono porque fue la ministra que presentó las últimas cuentas de Zapatero, hace cuatro años.
Sin embargo, el presupuesto de la lacia Salgado mejoraba en seiscientos millones de euros al que ahora nos destina el jubiloso Montoro. Y llegó con menos alirones. Claro que luego muchas de sus promesas quedaron sin ejecutar, como suele suceder en territorios poco exigentes como el nuestro. Vino Montoro con las tijeras de recortar y su trienio ha sido un degüello. Por eso parece monumental este incremento de un veinticinco por ciento después de los sucesivos raspados que alcanzaron hasta la osamenta de los servicios esenciales.
Del resto, mejor no mirarlo, de momento. O sí, para contrastar los ajustes de nuestra resignación con los alardes dispendiosos de otros vecindarios. El Greco es una de las referencias esenciales de nuestra cultura y este año irradia su cuarto centenario desde Toledo con suficiencia, porque Cospedal es una madrina de postín. Ojalá el quinto centenario de Teresa de Ávila tenga el mismo respaldo en 2015, aunque ya me temo que no.
Y si miramos más abajo, poniendo los ojos en detalles concretos de nuestra geografía cultural, hay que certificar el abandono definitivo del Emperador en León, que este septiembre cumplió sesenta y tres años en clausura, y la desesperante postergación del Prado de Ávila, que recibe un millón para prolongar la espera. No es la única renuncia que nos afecta en una pedrea de millones más generosa que otros años. Pero conviene echar un ojo de vez en cuando a esos asuntos de la retaguardia presupuestaria, porque de su descuido se derivan perjuicios que se arrastran durante décadas. La muralla de León es la peor atendida del trío que comparte envergadura, junto a Lugo y Ávila. Y la catedral, primer monumento español, acumula otro año más de olvido.
En cuanto al despliegue de las obras ferroviarias, no conviene olvidar quiénes tiran de los extremos, para conectar sus estaciones al universo veloz. La Galicia de Rajoy y la i griega vasca. El paso de Pajares hacia Asturias engulle otros trescientos diecisiete millones, sin haber precintado todavía el colador de los túneles. El resto son en buena medida atropos, como el voladizo de Lancia, que a ver cómo resuelve su salto sin agresión a la zona arqueológica, u olvidos, como la ronda siempre pendiente e inacabada de León.
A lo peor se trata de simples trucos presupuestarios para perpetuar los retrasos. Y como tenemos tantas ganas, nos entretienen otro lustro con el enredo. Además, los sanfroilanes y la rebaja de Herrera en los combustibles nos tienen esta semana de embeleso. Mientras llega el frío.