VERLAS VENIR
Leña al beduino
E n la víspera de nochebuena y con el año por delante que ahora empezamos a catar, la gente de Montoro convocó en Madrid el Consejo de Política Fiscal y Financiera, para dar a conocer a los responsables de hacienda autonómicos las medidas paliativas que permitirán financiar sin interés la deuda con el Estado y con bancos nacionales e internacionales acumulada en estos años de aprietos por Autonomías y Entidades Locales. El ahorro para las comunidades va a ser de casi seis mil millones, mientras los empeños locales se verán aliviados en más de mil seiscientos. Este fue el Cuento de Navidad, cuyo envoltorio nos concedía un aguinaldo de 483 millones, sumando la ampliación a veinte años de la devolución de liquidaciones negativas de 2008 y 2009, las emisiones a través de nuevos mecanismos, la financiación del Fondo de Pago a Proveedores de los tres últimos años y otro par de capítulos de enunciado no menos obtuso.
Si esto sucedía el penúltimo martes del año, previamente Rajoy había recibido por fin en su palacio a la presidenta andaluza Susana Díaz, quien por sus expresiones salió satisfecha del encuentro. En parte, a causa del pellizco, pero mucho más por el desplante a su compañero Pedro Sánchez, con el que lleva un tiempo a la greña. Aunque de los aguinaldos de Montoro, como de los compromisos mineros de Soria, conviene no fiarse demasiado. Sin embargo, en este caso, dada su proyección sobre el año electoral, podía suponerse que habían echado las cuentas de verdad. Pues tampoco.
Y eso que ya acumulamos la experiencia de los tumbos de su reforma local, capitaneada por el inefable Beteta, a quien conocimos parlamentando en la cámara madrileña sobre aquel bochorno del tamayazo. En los tiempos de cuando Granados, cuya Operación Púnica destapará los secretos del sumario dentro de veinte días. A pesar de semejantes prevenciones, resultaba imposible suponer tamaño desvío en el ministerio del dinero. Pero otra vez más volvió a pasar.
Al parecer, el Consejo de Política Fiscal y Financiera, aunque tarde, se celebra sin documentación solvente y con cálculos tentativos, por aproximación. Claro que en esta ocasión el gazapo que nos afecta superó la broma de los trescientos millones. Así que cuando Juan Vicente Herrera contrastó la propaganda de los acuerdos con la letra del Boletín Oficial, se cogió un cabreo de los que marcan época. Y no se cortó un pelo, al calificar de mentiroso al ministro Montoro y a toda su corporación, provocando una enmienda del ministerio la misma tarde del lunes. Sin mucho consuelo, dicha sea la verdad, porque la rectificación seguía inflando el ahorro hasta casi 164 millones, después de una quita de 320. «No llega a cien millones lo que el ministerio dice que son 483», concluyó Herrera. Lo dijo tosiendo alto y con semblante irritado, a la vez que calificaba como despropósito el castigo a las comunidades cumplidoras, mientras se prima al pelotón del derroche.
Todo esto ocurrió en los últimos días del año pasado, pero tendrá vigencia durante los meses venideros. Cuando un político experto, prudente y comprometido con su tierra, se levanta frente a los atropellos de la tropa madrileña, y lo hace con la radical determinación que en este episodio ha mostrado Herrera, que nadie especule con su retirada. Porque siempre podrá más la obligación con los suyos que el legítimo deseo de pasar página.