Diario de León
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ernesto escapa
León

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A un mes vista de las elecciones, se suceden los desfiles por Zarzuela, los conatos de acomodo parlamentario y, como cuelga, los correspondientes despechos de soberbia. Como si la ignorancia de las normas que bloquean sus compromisos, fuera responsabilidad nuestra y no suya. Pero una vez constituidas las Cortes, transcurren los días sin otro manejo que las tentativas de enjuague condenadas al fracaso y el tufo insoportable de nuevas corrupciones, como la de la empresa pública Acuamed (Aguas de Cuencas Mediterráneas), dependiente del Ministerio de Agricultura y Medio Ambiente, que tiene a once pájaros en la cárcel, entre empleados públicos y empresarios. Su director general, Arcadio Mateo, escondía en casa ciento cincuenta mil euros en billetes gordos de 500, fruto de alguna de las habituales mordidas que llegaron a engordar los precios de las actuaciones hidráulicas en la zona más sedienta del país, hasta veinticinco millones de euros. Lo más llamativo de la rapiña, cuyo esclarecimiento persigue el juez Velasco, es que ya en septiembre de 2014 el director de Ingeniería y Obras de Acuamed, Francisco Valiente, denunció los chanchullos ante el consejo de administración, aunque lo único que consiguió fue su despido, para ser relevado por la ahora detenida Gabriela Mañueco Pfeiffer. La denuncia infructuosa la formuló Valiente en presencia del Secretario de Estado de Medio Ambiente, Pablo Saavedra. Al ser despedido, trasladó a la fiscalía anticorrupción los hechos que acaban de desencadenar la operación Frontino. Por lo que parece, estas mañas se vienen arrastrando desde hace al menos siete años, sin que los servicios jurídicos del ministerio detectaran ninguna anomalía.

Semejante torpeza, hasta ahora, se venía atribuyendo a descuidos por rutina en la vigilancia de los dineros públicos, pero el episodio protagonizado por la abogacía del Estado en el juicio balear del caso Noos desvela y advierte que los criterios profesionales del alto cuerpo jurídico tampoco se adecuan siempre a la transparencia. Por eso, y con toda la corrupción acumulada, resulta insoportable la actitud de rechazo a reformas urgentes que claman al cielo. Precisamente, asistimos estos días al juicio del crimen de Isabel Carrasco, esclarecido al instante por el exclusivo mérito del policía jubilado que aquella tarde primaveral entretenía la siesta de paseo por la Condesa. Su diligencia y compromiso contrastan con el tedio indolente de altos servidores públicos, que ante cualquier problema, prefieren torcer la vista o echar la culpa al empedrado.

Es lo que hicieron los compinches populares del infecto Gómez de la Serna al detectarse los primeros tufos de sus prácticas corruptas como diputado. Este Pedro José Gómez de la Serna, a quien el ministro de Justicia Rafael Catalá calificó como “persona con valores”, es un pájaro con amplio recorrido. Antes de dedicarse a comisionista, fue jefe de gabinete y de campaña andaluza del inefable Javier Arenas, quien lo recibió en Sevilla después del escándalo y le dio el espaldarazo en el arranque de campaña segoviano. Tampoco el ahora dicharachero Rajoy se ha distinguido por desmarcarse del trapisondista. Seguramente, si hubiera leído la novela de Segovia de su pariente Ramón Gómez de la Serna, estaría sobre aviso. Porque ‘El secreto del acueducto’ (1922) desvela las miserias de un viejo hidalgo aficionado a la arqueología, a quien su mujer engaña con un cura, provocándole una catarata de delirios.

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