La cuchillada del diablo
T an entretenidos con el postureo nacional, habíamos olvidado que en casa se suceden los derrumbes. Unas veces por deslocalización, como es el caso de las industrias, y otras al meneo. Fuera por descuido o a causa de aturdimiento, nadie esperaba en la semana pascual el estruendo de mandobles que se ha producido. Y lo más grave es que llueve sobre encharcado. Industrias generosamente engrasadas de subvenciones públicas, como Dulciora o Lauki, se van porque sí. Sin más explicaciones y por supuesto sin que nadie les reclame el dinero malbaratado en sus proyectos. En el caso de la láctea, con el agravante del recorrido asistencial regado de millones desde las Cajas hacia su fraternal Puleva, que se despidió de nosotros con un petardazo urbanístico sancionado por el Tribunal Supremo. Ahora Puleva y Lauki son parte de la multinacional Lactalis y la única cautela aplicable es no comprar sus productos. El pelotazo urbanístico ya lo imposibilita el ayuntamiento de Valladolid, después del pufo dejado por Puleva en el paseo de Zorrilla.
Aunque a primera vista pudiera no parecerlo, esta cadena de derrumbes tiene un estrecho vínculo. Su estrépito arroja más de mil quinientos despidos y anticipa un tiempo difícil para la economía regional. Con la minería del carbón definitivamente desahuciada, el horizonte lácteo no puede ser más oscuro. De momento, catorce ganaderos de la montaña leonesa se han quedado ya al pairo, sin recogida de su producción y amenazando con arrojar miles de litros de leche a la calle, en las puertas de la Delegación de la Junta. Como son gente de la montaña más culta, estarán en la reflexión socrática de que «mejor padecer injusticia que sufrirla». Pero no es ningún consuelo, sobre todo en días que bombardean los trajines negociadores de Madrid, donde centenares de electos dormitan con la sopa boba del presupuesto. Sin llegar a nada, porque absolutamente nada parecen haber entendido de la encomienda que los aupó allí.
La zarracina pascual nos puso de nuevo ante los ojos el destrozo vivido con la deriva de Caja España y Caja Duero, que en la hora de los despidos se trata de amortiguar escondiéndose detrás del acrónimo bancario Ceiss. Un disfraz absurdo y ya amortizado, que como espantajo se saca de procesión para disimular el nuevo traspié de España Duero, nombre verdecido que desde comienzos de año usa el apósito de Unicaja que nos concierne. El mandoble de la entidad andaluza que recogió los desechos dejados por la macedonia lucrativa de políticos, sindicalistas y empresarios en el entierro de las viejas y saludables cajas de Ahorros, se dirige tanto al personal de los servicios centrales amortizados como a quienes atienden a la clientela en las oficinas. Un territorio que no se entiende muy bien porqué sigue incluyendo Madrid, con su pasaje de prosperidad de Villamagna, entre Serrano y la Castellana. O sí se entiende, aunque sea difícil de digerir. Lo que ya resulta del todo insoportable es la indolencia judicial de la Audiencia Nacional para esclarecer la cadena de abusos perpetrados a costa del paciente ahorro de castellanos y leoneses. Quizá se explique por la presencia como investigado del número tres del Partido Popular, el zamorano Fernando Martínez Maíllo. Pero es una fase del proceso que no debiera quedar en descuido, después de tantos desdenes. Sobre todo, para que esta cuchillada diabólica pudiera ser encajada.