Ahí podíamos llegar
Y vaya que si llegaron. No sólo a ese punto de escarnio, sino incluso más allá, llegaron los encabritados de Ferraz en la tarde del sábado. Eso sí, descarrilando previamente por el camino. Agitados por la prisa de los tuiteos, fueron incapaces de reparar en los daños causados. Una vez consumado, el desastre ya sólo puede ser útil para testar las consecuencias derivadas de esa malformación caciquil que suponen las taifas territoriales. Una anomalía sin otro afán probado que su propia supervivencia.
Acaso por eso, nadie tuvo el sosiego necesario para reparar en la advertencia de Albert Camus, cuando avisó que el resentimiento siempre es una intoxicación. Y tampoco para mirar atrás, a los días en que semejante ceguera cercenó para siempre la expectativa socialista en Castilla y León. ¿Quién iba a calibrar semejante deriva? Y eso que la mayoría de participantes en el vodevil de Ferraz acumula ya nueve meses de holganza. Un recreo exagerado que tampoco esta vez sirvió para aplacar el arrebato y embocar los impulsos a objetivos más nobles. Es verdad que los pirómanos sí hicieron diligentemente su tarea, preparando el fuego para la fritanga.
Si alguien hubiera echado la vista atrás, contemplando el erial de décadas en que quedó convertido el partido socialista en Castilla y León, quizá hubiera podido considerar que los tenebrosos y revueltos sucesos vividos en la Escuela de Agrícolas de León en marzo de 1985, no admitían réplica. Pero no sólo se repitió la asonada, sino que esta vez los chusqueros dieron el golpe en la sede central de Ferraz. Aunque también es cierto el vínculo existente entre los pitufos de Demetrio hace tres décadas y la dirección socialista de quien los jerarcas territoriales bautizaron como Perrito Sánchez. Un hilo de continuidad pillado por los pelos y trazado con el chafarrinón que define las políticas alternativas desde que Zapatero se negó a enterarse de la llegada de la crisis, para acabar arrastrado por su corriente.
En aquel vodevil del 85 en Agrícolas, la algarada y el pateo recibieron al secretario autonómico Juan José Laborda, impuesto por el difunto Benegas de Ferraz en territorio de Demetrio. A aquellas alturas, los barones eran todavía pitufines, porque la grey socialista funcionaba al toque de silbato de Alfonso Guerra.
Pero haberlos ya los había. El babiano Nicolás Álvarez por Ávila, Laborda por Burgos, Ciriaco de Vicente por Salamanca, Miguel Ángel Trapero por Segovia, algún distraído por Soria y Juan Colino por Valladolid. En el bando enfrentado ya estaban Zapatero con su ariete Jaime González por León, el difunto Alberto Acítores por Palencia y la camarilla de Demetrio por Zamora. Pero no hubo partido, porque no podía haberlo. Así que el 10 de aquel marzo tenebroso el bilbaíno Laborda fue ruidosamente abucheado cuando el cuarto congreso socialista lo proclamó secretario general sin contrincantes y candidato a la Junta que finalmente alcanzó José María Aznar.
Ocho congresos después y con la gestora mediante de 2014, el burgalés Tudanca empieza a sentir cómo los dedos de sus afines se le vuelven huéspedes. Por el carrusel han pasado en estas tres décadas lejos del poder autonómico, dos palentinos, dos leoneses y dos burgaleses, además del cunero Óscar López. Su cosecha se resume en ocho fracasos consecutivos y de creciente rechazo. Así que no andan por la senda adecuada, si nos atenemos a los resultados y a que los electores nunca se equivocan. Aunque nada ayudan estos enredos.