Arqueo de despojos
L a herida abierta y fresca del fin de la minería, decretado al atropello, fue dejando buena parte de la montaña leonesa sembrada de boquetes y enclaves peligrosos que tampoco ahora nadie se ha encargado de remediar con un cierre civilizado. Lo advierto porque mi pueblo pertenece a la cuenca de La Magdalena, que clausuró sus explotaciones en los sesenta del pasado siglo y en cada uno de sus núcleos mineros sigue teniendo trampas pendientes de aquella actividad extractiva, si los propios pueblos no se ocuparon de taparlas o al menos disimularlas a sus expensas. Y no me refiero únicamente a las escombreras que maltratan y ensucian el paisaje, sino a los pozos camuflados como trampas en el gruyere de la montaña minera. Estos pozos verticales solían tener encima un castillete de hierro, cuya singularidad centenaria ha hecho que varios ostenten la distinción de bienes de Interés Cultural. Por ejemplo, los pozos Calderón de Laciana o Ibarra de Gordón.
Sin embargo, en los casos más numerosos en que las explotaciones no rebasaban la condición de chamizos, aquellos pozos fueron despojados del castillete, tan codiciado como ferralla. Tengo muy cerca el ejemplo de la mina de Grasset en Carrocera, donde el pozo vertical cuenta con una tapadera precaria colocada por la pedanía, después de años sorteando la amenaza de aquel buraco abismal.
Repasando las cantidades de dinero público malgastado en fondos mineros a lo largo de las últimas décadas, hay que mirar la catadura de los responsables gubernamentales de Energía para confrontar el paisaje legado a la montaña vacía con su cuenta de gastos. Y todo esto ahora, que se reconoce por fin la importancia del carbón en el mix energético cuando ni llueve ni sopla el viento. Claro que en la cueva de Monipodio que fue el ministerio hasta los tiempos de Soria, estas consideraciones traen al fresco, ya que han sido las empresas eléctricas las que regulan su mercado.
De hecho, en los seis meses que llevamos consumidos de 2017 el incremento del precio de la luz bordea ya el 20% y las perspectivas para el resto del año no son mejores, según las organizaciones de consumidores Facua y Ocu, que critican la pasividad actual del gobierno, después de un tiempo en que las propias empresas energéticas marcaron las reformas del sector sin ocultar sus membretes comerciales en las propuestas. Así lo revela y pone de manifiesto el rebrincado ex ministro Soria en su enfrentamiento envenenado con Montoro, a propósito de las renovables. La otra petición de las organizaciones de consumidores, que también reclaman que el gobierno intervenga para establecer una tarifa eléctrica asequible, es que se reduzca el IVA del recibo de la luz, pero esa mengua parece que no ha conseguido interesar a nadie, ni siquiera en este momento de ocurrencias presupuestarias.
Tampoco el cubo ocre del Centro de Regulación y Control del Ave, alzado entre la estación y el palacio de congresos, servirá para otra cosa que agrupar a los empleados ferroviarios de León, a pesar de los 12,7 millones de euros invertidos en este juguete. Todos los anuncios y expectativas vinculados a su construcción quedan ahora al descuido de un nuevo engaño: Ni habrá centro de control del Ave con una generación de cien empleos, como prometió el gobierno de Zapatero, ni tampoco el gabinete de circulación y telemando de la red convencional, que sugirió el ayuntamiento de la capital hace ahora justamente un año. Así que nos dejan transitando cuesta abajo entre despojos y desdenes. Como siempre.