Expolio de tinieblas
E n este agitado intermedio entre las procesiones de Semana Santa y un tobogán electoral que enlaza campaña sobre campaña para transitar la primavera, de repente surge la denuncia de un expolio consentido del patrimonio asistencial de nuestras difuntas cajas de ahorros. Un expolio, como suelen ser todos, practicado aprovechando la umbría de las tinieblas, pero que en este caso tuvo que contar necesariamente con la distraída anuencia de unos representantes del interés general que ya tienen acreditada su incapacidad como vigilantes del común. Cobraban por eso, pero no ejercieron, aunque resultaran exculpados ahora hace el año por el pasimisí del juez Muñiz Tejerina, luego refrendado por la Audiencia, una instancia judicial que parece concebida para tender este tipo de pasotes.
Ocurre que son tantos los mordiscos al interés general practicados desde la impostura de las viejas cajas difuntas que la reacción inmediata surge con el duelo revestido de cinismo marxiano, como nos advertía un titular el mismo martes de Pasión: ‘¡Más champán, que es la Caja!’. Porque desde aquellos tremebundos funerales del ahorro, concelebrados con esparcimiento de tanto daño, la gestión de sus residuos siguió siendo igualmente peregrina y ya era conocida la turbia andadura de la Fundos o Fundación de la Obra Social de Castilla y León, que engloba los patrimonios asistenciales esfumados de las extintas cajas Duero y España. Este chiringo, que tiene sede en Botines, ha echado en falta, al cabo de cuatro años, 34 edificios y alrededor de cinco mil obras de arte, correspondientes a todas las épocas y magnitudes. El chanchullo deriva de la asignación de bienes al banco Ceiss en 2011, que Unicaja compró en 2014.
La reclamación de Fundos salió a desfilar el día de Martes Santo, acaso aprovechando la tregua electoral de la semana de Pasión y dispuesta a llamar la atención agitando esta matraca. Sus propulsores conocen sin duda bien el eco inmediato que alcanza cualquier movimiento que agite la charca de aquella chapuza, aunque quizá no calcularan el rebote sobre su propio trienio de guardia y custodia, durante el cual se ocuparon más en organizar festejos que en revisar el ajuste de sus bienes al detallado en el acta de segregación para el Registro Mercantil de Madrid, donde acabaron vivaqueando los supervivientes de la ruina. Eso sí, en el purito centro más caro de la capital, entre la Castellana y Serrano y a cien metros de Colón. Allí reinaban los cinco firmantes del acta de entrega, donde se detalló el reparto de bienes y competencias.
Lo que ocurre es que toda actuación que tenga que ver con las entidades de ahorro y sus secuelas actúa sobre un campo minado por las garrapatas. Esta fue la imagen empleada por Manuel Mitadiel, presidente de la comisión parlamentaria, para referirse a la panda de gestores de nuestras cajas, cuya incapacidad y ansia de provecho personal derivó en su extinción por saqueo. No porque las cajas resultaran inviables, como ha tratado de hacerse ver, sino por la pésima gestión de nuestros alipendes. Ni la Caixa catalana ni la malagueña Unicaja salieron trasquiladas del proceso. Sencillamente, porque ni una ni otra padecieron la hemosucción de garrapatas que, según Mitadiel, invadió a la totalidad de nuestras cajas. Por mucho que después el juez Muñiz Tejerina diera carpetazo a los chupópteros que trajinaron en las Cajas España y Duero, y la Audiencia del Cid lo refrendara, aquella pesadilla dista mucho haber quedado despejada. La pésima noticia empieza a ser que también los gestores de su menguada herencia esquilmada se embarquen en el descrédito y traten de distraer el escrutinio de su labor haciendo ruido, al parecer sin mucho fundamento.