Diario de León
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El invento del maligno javier martín-domínguez

Un inconveniente del éxito es que nos suele hacer esclavos del mismo. En los grandes artistas, la repetición deviene en estilo reconocible del que es imposible apartarse para seguir triunfando. Entre los creadores de televisión, como son los guionistas de series, la repetición se denomina oficio. Las productoras terminan obligándoles a dar vueltas en espiral al mismo argumento para contar siempre la misma historia, capítulo tras capitulo. El cuento de nunca acabar. Aunque tengas previsto un final, si los trece capítulos superan el listón de audiencia, las televisiones se ven abocadas a la renovación, y los guionistas y directores se encuentran con que su historia perfecta se tiene que convertir en chicle. El ejemplo perfecto lo tenemos en la recién concluida Lost («Perdidos») que ha ido ampliándose temporada tras temporada. Para mantener el empleo, los guionistas han tenido que forzar su imaginación, metiéndonos a todos en un mundo casi imposible para seguir fascinándonos con la falta de salida de la isla embrujada. Convertida en serie de culto, la audiencia se convierte de paso en un grupo activo que anda buscando su propio final al guión interminable.

En este mundo globalizado y digitalizado, el tiempo se ha comprimido y la serie también ha marcado un hito al emitir su final simultáneamente en más de cincuenta países-mercados. En otras épocas nos unían las lenguas o las religiones, ahora se forman nuevos grupos gracias a la fe en una ficción interminable. La serie emblemática de esta década lleva además un título digno de ser definitorio de la misma. Perdidos estamos entre el disloque financiero mundial, navegando a la deriva bajo una nube volcánica y en mares encharcados por la última mancha de petróleo. Perdidos estamos en medio de la maraña de la política profesionalizada y con el estado del bienestar en entredicho.

En tal circunstancia, los ciudadanos-audiencia se verán como protagonistas de la serie, con el grito al unísono de «se busca salida». Finalmente, quizás hasta lleguemos a atrevernos a ser guionistas de nuestro propio destino.

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