Diario de León
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El invento del maligno josé javier esparza

Si yo fuera esta chica, me quitaría de en medio mañana mismo. No tengo el gusto de conocerla, pero lo que están haciendo con Sara Carbonero me parece impresentable. Esta señora, periodista de profesión, se ha convertido en algo así como la pin-up involuntaria del Mundial de Fútbol, y todo por la ambición de quienes hacen caja con el evento.

La operación es de libro: periodista mona, novia del portero de la selección, con una sórdida maledicencia detrás. ¿Hay algo mejor para estimular los peores instintos? Como no podía ser menos, el anzuelo del morbo ha prendido en muchas bocas y hasta la prensa inglesa lo ha agarrado a dentelladas. Y ahora Sara aparece en pantalla con el micrófono y el espectador ve de todo menos, justamente, a una periodista con un micrófono.

Seguramente podríamos discutir hasta el infinito -”y sin ponernos de acuerdo-” las virtudes que adornan a Sara Carbonero en lo profesional y en lo personal, pero, lamentablemente, no es el caso; porque cuando se habla de esta mujer ya no se está hablando de una periodista, ni siquiera de una señorita estupenda, sino de una imagen que se ha lanzado al mercado del cotilleo para que agite corrillos y foros, minutos de televisión y páginas web, fotos de periódico y tertulias de radio.

¿Quién es realmente Sara Carbonero? A todo el mundo le da igual, y éste es precisamente el problema. Esta mujer, una vez dentro de la máquina trituradora de Telecinco, ya no vale por sí misma, sino por su efecto dinamizador del mercado, por decirlo en términos amables. Los mismos sujetos que en otras franjas horarias se rasgan las vestiduras por los nuevos pecados del sexismo y todas esas cosas, aquí están explotando sin el menor escrúpulo a una señora que pasaba por ahí.

Naturalmente, no faltará quien diga que, después de todo, ella se deja y los otros le pagan, luego no hay mal.

Pero sí, sí hay mal: es la transformación del periodismo en atracción de circo. Dicen por ahí que tanto Carbonero como Iker Casillas están enfadadísimos con esta explotación de «lo suyo». No es para menos.

¿Se atreverán a protestar?

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