El premio que llegó del frío | El galardonado
Vargas Llosa: un Nobel para España
Después de varios años erráticos, el prestigioso galardón va a parar a un escritor reconocido por la crítica y adorado por el público

El escritor peruano Mario Vargas Llosa.
Esta vez no ha habido criterios políticos ni equilibrios geográficos. No ha ganado lo políticamente correcto. Tampoco han vencido las excentricidades (que las ha habido, unas cuantas, en los últimos años). Simplemente ha ganado el arte. El escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa, de 74 años, ha sido reconocido con el premio Nobel de Literatura por «su cartografía de las estructuras del poder y sus aceradas imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo», según reza el acta de la Academia Sueca. Premio Cervantes, premio Príncipe de Asturias de las Letras, premio Rómulo Gallegos, premio Planeta, académico de la Lengua, doctor honoris causa por varias universidades de Europa, América y Asia Lo tenía todo. Lo había ganado todo. Sólo le faltaba el Nobel. Y al fin se le ha hecho justicia. Hacia veinte años que el prestigioso premio no iba a parar a un escritor de habla hispana
El último fue Octavio Paz (1990); el penúltimo, Camilo José Cela (1989). Vargas Llosa se enteró de la noticia en Nueva York, donde se encuentra impartiendo clases de literatura en la universidad de Princeton. Le llamaron por teléfono y pensó era una broma. El eterno candidato reaccionó como en el cuento del lobo: tantos años en las quinielas, no se lo llegaba a creer. «Me siento conmovido y emocionado; este premio es un reconocimiento a la literatura latinoamericana y al idioma español», esas fueron sus primeras palabras a la radio colombiana RCN. El escritor les felicitó por la primicia: «Han sido ustedes los primeros, qué buenos periodistas, que me han encontrado»
A partir de ese momento no paró en hacer declaraciones a los cinco continentes. «Estaba despierto, trabajando desde las cinco de la mañana; a las seis sonó el teléfono y se puso mi mujer; me dijo: -˜Te ha llamado un señor en inglés-™». Pero la comunicación se cortó.
«Pensé que era una broma». El señor al que se refería su mujer no era otro que el secretario general de la Academia Sueca, Peter Englund. «Pensé que era una broma porque ya le ocurrió a Alberto Moravia. Le llamó un enemigo para decirle que le habían dado Nobel y era mentira». El escritor, como todos los escritores, quiere que su próxima novela sea la mejor. Se titula El sueño del celta y estará en los escaparates el tres de noviembre. Si todas sus creaciones han sido un éxito de ventas, ésta, seguramente, batirá todos los récords
«He estado tres años trabajando en ella; es una historia llena de aventuras». La novela se basa en un personaje histórico, el irlandés Roger Casement, cónsul británico en el Congo a principios del siglo XX y amigo del escritor Joseph Conrad.
El triunfo de un niño rebelde. Cuando a Jorge Mario Pedro Vargas Llosa le decían Marito, o Varguitas, y devoraba los versos surrealistas de César Moro, en el patio del Colegio Militar Leoncio Prado, avisaron a su padre de que el niño prestaba más atención a las letras libres que a las impuestas, y de que tenía una imaginación rebelde, difícil de contener, con la que lograba evadirse de las consignas, de la instrucción y del tedio de las clases.
A Ernesto Vargas, un hombre duro, chapado a la antigua, aquella adicción de su hijo, ilustrada por el tableteo continuo de una máquina de escribir, le sonaba rara, infantil y bohemia, así que se puso manos a la obra e intentó convencerlo, por las buenas o por las malas, de que el futuro sería una cosa seria, llena de leyes, números o correajes. Inventarse cuentos no era una tarea propia para un chico inteligente
Varguitas hizo entonces lo que cualquier adolescente resentido: escribió el doble. Si hay una constante en la vida y en la obra de Mario Vargas Llosa es la necesidad de reaccionar, emocional, política y literariamente, contra cualquier clase de imposición. Ya que su padre, al que durante diez años dio por muerto, le exigía una educación marcial, él optó, en cuanto pudo, por lo contrario: el día a día agitado de un periódico local ( La Industria ), y las noches intensas, desveladas, de un autor teatral. De ahí surgió La huida del Inca, su primera pieza dramática.