Diario de León
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El invento del maligno josé javier esparza

Ha sido la polémica de la semana, así que vale la pena dedicarle unas líneas aunque la sangre, finalmente, no haya llegado al río. Me refiero al jaleo organizado en torno a la eventual emisión en lunes del partido entre el Barcelona y el Real Madrid, un episodio que hace solo un par de años nos habría parecido absolutamente descabellado. Tal y como están las cosas, durante varios días medio país ha estado pendiente del dedo imperial de Jaume Roures, en cuyo pulgar reside ahora el poder de decisión sobre este punto. Una cuestión previa: en líneas generales, la omnipresencia del fútbol en la pantalla, a lo largo de casi todos los días de la semana, se ha convertido en una losa para buen número de espectadores. Puede entenderse que las cadenas no renuncien a eso porque, con frecuencia, un partido de fútbol, aunque sea poco rentable en términos de share , siempre reportará mejores cifras que otro tipo de productos. La cuestión es dónde ponemos el límite, y eso es lo que ha suscitado la polémica del Barça-Madrid.

Aquí ha quedado de relieve, ante todo, una cosa: el operador -”o sea, el canal de televisión-” ha llegado a disponer de una autonomía excesiva. A juzgar por todo lo visto y oído en esta semana, centenares de miles, si no millones de ciudadanos han visto su vida suspendida mientras Roures tomaba su decisión: viajes cancelados, jornadas de vacaciones aplazadas-¦ y eso por no hablar de quienes esperaban la retransmisión en América. Basta un mero cálculo por encima para calibrar el alcance del episodio.

Se mire por donde se mire, esto no es normal. Al final podemos llegar a una situación en la que el canal se preocupe más por sus negocios con los equipos, o por su cuota de pantalla en jornadas pobres -”como la del lunes-”, que por el interés de los espectadores.

Lo natural sería que una cadena apuntara a satisfacer al mayor número posible de espectadores, pero aquí hemos visto que en el cálculo entran factores de muy otro género. Y si a eso le sumamos las presiones políticas, entonces el paisaje se hace demencial. Algo no funciona como es debido.

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