Diario de León
Publicado por
Antonio Colinas
León

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Los bañezanos nos las vemos y nos las deseamos de continuo para dejar claro que hubo y hay una Bañeza de la cultura frente a esa otra ciudad alegre y liberal que centra en los grandes acontecimientos festivos y deportivos el interés de los foráneos. Es una Bañeza que viene de muy atrás, no sólo de Juan de Ferreras -uno de los fundadores de la Real Academia de la Lengua, el que fuera también Bibliotecario Real-, sino sobre todo de las primeras décadas del siglo XX, cuando la ciudad y su riquísima vega aportaron, además de una gran pujanza económica, un gran desarrollo en el campo del periodismo, la literatura y la música. Es de aquí de donde arranca, el nacimiento en los años veinte, de Odón Alonso Ordás, que acaba de fallecer. Por eso, en conversaciones con personas no bañezanas, figuras como las de Odón o la de su padre Odón Alonso González -o el que de golpe recordemos que La Bañeza ha tenido últimamente tres miembros del Tribunal Constitucional- nos sacan de esa Bañeza de los tópicos fáciles y de los tan manidos lugares comunes.

A veces, a algún visitante en nuestra ciudad he debido aclararle que la estatua que en La Bañeza podemos ver en un jardín es la de su padre y no la suya, no menos merecedora de ella. Pero guardo, sobre todo, tres recuerdos especiales de Odón en esta hora de pesar. Uno, el del concierto que vino a dar con la Orquesta Filarmónica de Madrid en los años cincuenta a La Bañeza. Era yo todavía un niño y allí estaba en el último piso del Teatro Pérez Alonso para saber, por vez primera, cómo era el sonido envolvente y pleno de una gran orquesta y, además, dirigida por un bañezano de pro. La figura de Odón ya venía avalada entonces por haber dirigido las principales orquestas nacionales y extranjeras.

No mucho tiempo después -siendo yo ya un estudiante de 18 años, recién llegado a Madrid- volví a ver a Odón dirigiendo la orquesta de Radio Televisión Española, en el estreno de una deliciosa obra de Óscar Esplá, Aitana. Recuerdo también entonces mi orgullo de paisano en aquella sala abarrotada en la que llovían los aplausos.

Pero quizás el recuerdo más entrañable que tengo de Odón -más allá de una conversación que los dos tuvimos en la Cafetería Bohemia, en la Plaza Mayor de La Bañeza- es el de estos últimos años, cuando coincidíamos en la capital en las jornadas para elegir al Leonés del Año.

Con su persona había sucedido algo que no siempre sucede en los seres humanos cuando les asalta la enfermedad y la caducidad: se le había dulcificado extraordinariamente su carácter. La vejez le había dado al mismo una intensidad tierna y entrañable, un trato cordialísimo que, en verdad, emocionaba. Es impagable para mí este recuerdo del Odón de los años últimos, sobre todo durante una de las comidas, cuando -tamborileando con su mano ya muy temblorosa sobre la mesa de un comedor- se puso a cantarnos a media voz, casi con un susurro, algunas canciones de las tierras bañezanas, de las riberas del Órbigo. Era para él el cierre de un círculo, el regreso a su raíces con el don más entrañable que había poseído: la música.

Descanse en paz, Odón Alonso Ordás, bañezano y leonés como el que más. A él le estuvo destinado llevar por el mundo nuestra tierra y ese don de la música que los genes de los Alonso y la liberalidad de los bañezanos -también para la cultura- le habían proporcionado. Su formación en Madrid, en Italia, en Austria. Su final, como director, en Puerto Rico, hicieron el resto. Él llevaba a su ciudad natal en el corazón, como tantas veces pude comprobarlo.

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