Lo que esconde Leonardo
Un libro revela los secretos que ocultan algunos de sus cuadros más famosos.

Montaje con la Gioconda y Leonardo Da Vinci.
Puré de nabos, unas rodajas de anguila, panecillos y siete vasos de vino. Es el banquete que Leonardo Da Vinci eligió para La Última Cena, obra que actualmente se exhibe en la National Gallery de Londres y que en febrero se incorporará a la exposición Da Vinci. El genio, que el 2 de diciembre se inaugurará en el Centro de Exposiciones Arte Canal de Madrid. En esta muestra, que exhibirá documentos, obras y recreaciones de algunos de sus inventos, se proyectará también un documental en 3D sobre el genio florentino.
Pero la joya de esta exhibición será sin duda esa copia original de nueve metros que del famoso fresco realizara Giampietrino, uno de sus más avanzados discípulos. Gracias a ella podremos imaginar aquellas teorías que en El código Da Vinci cuentan que Juan, a la derecha de Jesús, es en realidad María Magdalena.
Teorías y conspiraciones aparte, lo que sí esconden muchas de las obras de Leonardo son enigmas, algunos desvelados por Rebecca Tucker y Paul Crenshaw en Leonardo Da Vinci. Los secretos ocultos en sus obras maestras, editado por Lunwerg.
La excentricidad de la que hizo gala como maestro de ceremonias de la corte de los Sforza —construyó un pastel de 60 metros de longitud para celebrar dentro de él la boda de Ludovico El Moro con Beatrice d’Este, pero las ratas se lo comieron antes de la ceremonia— no es la que estamos acostumbrados a ver en sus pinturas, si bien en casi todas ellas asistimos a aspectos innovadores, como el tratamiento que hizo de las reacciones emocionales de los apóstoles de La Última Cena. Si nos fijamos en los comensales vemos que cada uno responde de una manera distinta a las palabras de Jesús. Así, por ejemplo, Tomás apunta al cielo con el dedo que más adelante introducirá en la herida del costado de Cristo resucitado para comprobar que es él.
«Probablemente, La Última Cena fue un encargo de Ludovico Sforza y no de los dominicos de Santa María delle Grazie, como prueba el escudo de armas ducal que aparece en las lunetas que se encuentran encima de la pintura», apuntan los autores del libro. Por ello, el tema de la traición y la lealtad, reflejado en esas emociones, tiene más importancia que los componentes eucarísticos de la escena.
Los dos ombligos. Según el arquitecto romano Marco Vitruvio, las proporciones del hombre podían representarse si se inscribía una figura humana dentro de un círculo y un cuadrado a la vez. Estudiados sus escritos, Leonardo intentó demostrar que la armonía geométrica defendida por Vitruvio se podía alcanzar con el estudio científico del cuerpo humano sin recurrir a las matemáticas, tan en boga en la época. Así, a lo largo de 1489, fue tomando medidas a una serie de hombres para descubrir las proporciones que guardaban entre sí las partes del cuerpo.
Todo este trabajo quedó materializado en su famoso Hombre de Vitruvio, en el que vemos dibujados dos ombligos, una de las maneras con las que logró acoplar las dos formas geométricas. El superior sirve como centro del hombre del círculo mientras que el inferior estabiliza al hombre del cuadrado.
Fruto de esta búsqueda en la perfección de la forma nace también el retrato La belle ferronnière, esa mujer que al comienzo de la película de El código Da Vinci nos mira desde su lugar en la pared del Louvre.
Sin paisaje, enmarcada sólo por un fondo sin adornos y un murete en primer plano, se observa en ella una aproximación más volumétrica y escultórica.
Sobre quién es la mujer aún se debate: podría ser Beatrice d’Este o una de sus concubinas, Lucrecia Crivelli o Cecilia Gallerani ya de mayor.