El invento del maligno
Juguetes
Lo último que uno esperaba de un concursante de Gran hermano es que escribiera un libro. Y además, un libro que vale la pena leer. Se llama Mercenarios de la tele y es de Íñigo González, concursante de la primera edición de Gran hermano, cuando el mundo era joven y el público ingenuo. Han pasado doce años. ¿Qué ha sido de toda esa gente, los concursantes de todas esas ediciones? El panorama es desolador: frustración, vacío, paro. Lo que ha hecho Íñigo es coger una grabadora -con vídeo, por supuesto- y hablar con mucha gente, más de un centenar de estas «reinas por un día», sobre todo ex de Gran hermano, pero también de otros programas. El resultado es el retrato coral de un montón de juguetes rotos. El propio autor no ha escapado de esa sensación. Íñigo cuenta a periodistadigital: «He llegado a llorar en un taxi porque no sabía qué hacer con mi vida». No está mal como imagen del desconsuelo. También cuenta una cosa interesante: cuando terminó su contrato con Crónicas marcianas, estaba tan triste de pura desesperación que se puso a llorar. Algún talento vio la escena y pensó: «A este hay que renovarle». Por los lloros. Sardá le dijo: «¿Por qué no has hecho eso antes?». Las lágrimas computan en el valor del espectáculo. Otro asunto interesante que cuenta este libro: muchos exconcursantes de Gran hermano, terminado su periodo de vino y rosas, van a buscar trabajo y se ven vetados precisamente por haber estado en el programa, porque eso da mala imagen para la empresa. Y más testimonios-bomba: el de Naiala, ganadora de la octava edición de Gran hermano, que dice que «no se puede trabajar en Telecinco si no eres gay o lesbiana». A Íñigo González le extraña mucho -y eso sobrevuela todo el libro- que Gran hermano sea un éxito de audiencia permanente, que España sea el país del mundo donde más ha triunfado este producto, y que sin embargo sus protagonistas se vean arrinconados cuando la fiesta ha terminado. No debería extrañarle: todos tiramos a la basura los juguetes que ya no nos divierten. Eterna maldición del show-bussines.