Diario de León
Publicado por
javier martín-domínguez
León

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Ver o no ver, esa es la reformulación del dilema shakespiriano. Instalados en el mundo escrutador y mirón de los medios audiovisuales, la ausencia de imágenes produce incredulidad y hasta desasosiego. Todo lo que se haga de espaldas a la cámara resulta sospechoso. Un paradigma es el cónclave cardenalicio. Se engatusa al creyente con los apabullantes frescos de la Sixtina, para a continuación cerrar la puerta y dejar bajo secreto los manejos del poder.

La sospecha ha cubierto la ausencia mediática de Chávez, que no ha permitido saber la fecha real de su muerte, ni dónde se produjo. Solo una foto falsa alivió la espera del óbito. Ni en el funeral nos pudimos acercar a la cara del muerto, eclipsada por las de la masa de seguidores.

La cultura de la imagen establece que no hay muerto sin foto del muerto. Bien lo sabía uno de nuestros mayores fotógrafos, a quien ahora se dedica una retrospectiva. Virxilio Vietez empezó su carrera como retratista de difuntos en las aldeas gallegas.

En una tierra de emigración, en la que los cuerpos viajaban con mayor dificultad que una imagen sobre un papel, era fundamental certificar una defunción con la fotografía de la cara del fallecido. Una clara prueba testamentaria para repartir las herencias. En zonas de nuestro país también las esquelas llevan la foto identificativa del muerto y hasta las tumbas los muestran en su tiempo de ojos abiertos, en un vano intento de mantener su eternidad

Curioso que los dictadores terrenales ansíen la perpetuación de la memoria gráfica, ofreciéndose a la masa en versión embalsamada, desde Mao en Tiananmen hasta Lenin en la Plaza Roja. Gracias a su presencia quieren garantizarse el poder más allá de su tiempo.

El poder se ejerce a oscuras pero sus tentáculos se sujetan en fotos a la vista de todos. Cuando el embalsamamiento pase de moda, nos colocaran un vídeo 3D del dictador de turno en una tele en cada esquina. El poder de los muertos vivientes.

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