Diario de León

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Un pedazo de torero

Chechu durante la cogida que sufrió con el primer toro.

Chechu durante la cogida que sufrió con el primer toro.

Publicado por
javier lópez | madrid
León

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Toros : de Montealto, serios, imponentes y astifinos, pero descastados, deslucidos, y alguno hasta con peligro como el cuarto. Los más toreables, quinto y sexto.

Pedro Gutiérrez ‘El Capea’: dos pinchazos y estocada (silencio); y tres pinchazos y estocada (silencio).

Alberto Aguilar: que sustituía a Fernando Cruz: estocada (oreja); estocada y seis descabellos (silencio); y pinchazo y estocada (vuelta tras fuerte petición de oreja, y bronca «al palco» por denegarla).

José Ramón García ‘Chechu’: que confirmaba alternativa: herido en su primero, que mató El Capea de estocada (silencio).

Un torero en mayúsculas: Alberto Aguilar. ¡Qué pedazo de torero! que se entere todo el mundo y, sobre todo, las empresas, que parece que no tienen hueco para él en las ferias a pesar de las grandes tardes que lleva a sus espaldas en los últimos años.

En Francia le quieren, y de qué manera, por su sinceridad y valor de enfrentarse a lo más duro de la cabaña brava, y por salir triunfador una tarde tras otra gracias a su sinceridad, su valor y, sobre todo, su desmedida afición para seguir en la lucha después de tanto y tanto ninguneo.

Ayer firmó una gran tarde y hasta cortó una oreja de ley. Pero un señor sin afición ni sensibilidad, decidió, por cuenta propia, cerrarle la Puerta Grande después de una mayoritaria petición de oreja en el sexto.

Un Aguilar que estuvo cumbre con su primero, toro complicado al que toreó como si fuera bueno. Faena de firmeza, mente despejada y notable seguridad para lograr pasajes emocionantes y enjundiosos al natural, a base de una perfecta colocación, cruzado al pitón contrario, y temple, mucho temple, el gran secreto. El madrileño estuvo impecable hasta en las improvisaciones y adornos finales como trincherazos, cambios de mano o los desmayados ante un astado que acabó domeñado por completo. Oreja sin discusión.

Y con el sexto llegó el escándalo. Un toro que se movió y al que Aguilar, que lo recibió con una larga de rodillas, cuajó una faena de menos a más, primero ahormando al animal con distancias y mucho sosiego, para acabar apretándole, y de qué manera, por el lado derecho.

Por ahí brotaron varias tandas de mucho gusto y relajo: de frente, metiendo los riñones, hincando la barbilla en el pecho y bajándole la mano. Soberbio.

Lo del Capea es caso aparte. Ni con el malo ni con el bueno (de los toros, se entiende) estuvo a la altura, con un toreo mecánico, frío y sin apreturas. No dijo nada el salmantino a pesar de su buena voluntad y disposición.

La estampa del confirmante Chechu ataviado con un terno vainilla y azabache hacía entrever el descaro del torero de querer enfrentarse a la superstición, que, en el toreo, es algo con lo que no se debe jugar. Y al final, tanto coqueteo le costó caro: una cornada grave en la faena de muleta al deslucido toro de la ceremonia. Directamente a «la cama».

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