Diario de León
Publicado por
RAFAEL SARAVIA
León

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Hace una semana, en El Cairo, se ha vivido un acto ejemplificador de lo que supone la palabra cultura para cierto núcleo comprometido con la libertad.

El martes pasado, justo cuando iba a comenzar Aída , el personal al completo de la ópera de la capital egipcia se plantó para reivindicar que la cultura no puede doblegarse a nada que no tenga que ver con la propia cultura. Por ello, ante el público asistente, defendió un manifiesto por la libertad de la cultura y la de sus representantes y se declaró en huelga indefinida hasta que dimita el ministro de cultura actual.

La polémica ya viene de atrás, después de que el nuevo dirigente, haya encadenado una serie de despidos en las cúpulas de las direcciones artísticas del país. Iniciando así una «islamización» de la programación y un apoderamiento político del tejido cultural de Egipto. Son varias las quejas de prominentes figuras de la gestión cultural en torno a las decisiones políticas y religiosas en detrimento de la libertad cultural. No hace mucho, se increpó al ballet nacional y se les invitó a alargar los tutús para la escenificación del Lago de los cisnes pues les parecía una prenda indecorosa.

Y precisamente el día que despedían a Abdel-Dayem se debatía en el parlamento la propuesta de los ultraconservadores de suprimir la compañía de ballet nacional pues consideran que este es un «arte del desnudo que promueve el vicio».

Esto me hace reflexionar sobre dónde está el límite en nuestro país, dónde está la línea en la que los intelectuales y gestores culturales y educativos se planten y digan: hasta aquí hemos llegado. En un momento en el que las concesiones en materia educativa se filtran bajo premisas confesionales, donde los medios de comunicación del estado dogmatizan en torno a patrones de moralidad cáustica y anacrónica, donde los responsables de las instituciones culturales no se revelan en pro de una dignificación de sus activos públicos y prefieren resignarse ante la actitud banal del político de turno… en un momento así, sin duda, hemos de pararnos a reflexionar y saber dónde está la línea que ya no se debe cruzar. Esa que hay que defender sin excusas y con valentía.

Pero hay esperanza. Ayer mismo Eva González Sancho, directora del Musac, dio el golpe en la mesa y dimitió por no transigir condicionamientos políticos que ningunean las funciones y decisiones artísticas que ha de tomar un director elegido por sus méritos.

Hace también poco, la directora de la Biblioteca Nacional advertía al ministro Wert de la imposibilidad de asumir la excelencia dentro del marco de recortes y más recortes. Algo similar ha sucedido con el representante del Museo del Prado, cuando la situación desemboca en una asfixia insoportable. Y todo ello siempre bajo la mala excusa de la necesidad imperante. Luego, se obvian desmanes como sueldos millonarios en bancos intervenidos o subvenciones en las copas de los diputados. No excusemos más la precariedad educativa y cultural, pues como dijo Epicuro: La necesidad es un mal, no hay necesidad de vivir bajo el imperio de la necesidad.

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