Diario de León

Las arpías de Hitler

Un libro documenta la participación activa de las alemanas en la maquinaria nazi.

Imagen de la portada del libro ‘Arpías de Hitler’, de Wendy Lower.

Imagen de la portada del libro ‘Arpías de Hitler’, de Wendy Lower.

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antonio paniagua | madrid
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Durante el Tercer Reich, las mujeres no se limitaron a servir refrigerios a los soldados alemanes. Su papel en la maquinaria de destrucción de Hitler no es ni mucho menos anecdótico. Algunas de ellas empuñaron las pistolas para aniquilar judíos. La frontera entre el hogar y el frente de batalla era más que difusa. Consintieron el genocidio y fueron parte activa del exterminio. La historiadora estadounidense Wendy Lower revela, sin poner paños calientes a las atrocidades, la complicidad de gran parte de la población femenina en los crímenes de los nazis y su cooperación a la hora de enviar a las cámaras de gas a jóvenes «racialmente degenerados».

En el libro Arpías de Hitler (Crítica), la investigadora del Holocausto subraya que las primeras matanzas masivas las protagonizaron las enfermeras en los hospitales, asesinando a niños por inanición, con drogas o inyecciones letales. Durante la guerra, las alemanas rompieron el cerco que las confinaba a sostener hogares sin padre, granjas y negocios familiares. Poco a poco su presencia fue más allá de los trabajos administrativos y labores agrícolas.

A medida que el engranaje del terror se iba extendiendo, a las mujeres se les confiaron labores de vigilancia en los campos de concentración.

En los territorios del Este del Tercer Reich, adonde fueron deportados un sinfín de judíos para ser gaseados y donde tuvieron lugar los crímenes más execrables, las alemanas encontraron nuevas ocupaciones.

Las ambiciosas

«Para las jóvenes ambiciosas, las posibilidades de ascenso se multiplicaban con la emergencia del nuevo imperio nazi», sostiene Lower. Por supuesto no se pueden hacer generalizaciones. Con todo, la historiadora maneja un argumento irrebatible: un tercio de la población femenina, es decir, trece millones de mujeres, militaron activamente en la organización del Partido Nazi. Por añadidura, hacia finales de la guerra, una décima parte del personal de los campos de concentración estaba engrosado por mujeres. Al menos 35.000 de ellas fueron instruidas para ser guardianas de campos de la muerte, sobre todo en Ravensbrück, desde donde se las destinó a otros, como Stutthof, Auschwitz-Birkenau y Majdanek. Hitler había proclamado que el lugar de la mujer se encontraba en el hogar y también el movimiento. Argüía que una madre de cinco hijos sanos y bien educados hacía más por el régimen que una abogada. No es extraño que en esa época el oficio de comadrona gozara de un prestigio y auge desconocidos

No menos importante era la profesión de enfermera, curiosamente la ocupación más letal con diferencia. Los barbitúricos, la morfina y la aguja hipodérmica se pusieron al servicio de la eugenesia, para desgracia de niños con malformaciones y adolescentes con taras. El programa de ‘eutanasia’ del Reich empleó a comadronas y personal sanitario femenino.

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